CAPÍTULO I
DAVID RIZZIO
Un espía en la corte de Escocia
El 7 de enero de 1566, el cardenal Miguel Ghislieri, oscuro dominico y antiguo jefe del todopoderoso Santo Oficio es elegido papa, adoptando el nombre de Pío V. El entonces embajador de España dijo entonces, “Pío V es el papa que requieren los tiempos”. Su nombramiento suponía la victoria de todos aquellos que deseaban un pontífice austero y piadoso pero a su vez capaz de luchar y actuar con suma energía contra la reforma protestante, un nuevo jefe de la Iglesia que sujetase con igual fuerza la cruz y la espada. El nuevo pontífice iba a utilizar su amplia experiencia a cargo de la Inquisición para crear un servicio de espionaje efectivo, implacable y de obediencia ciega a las órdenes supremas del Sumo Pontífice.
Como primera medida nombra al cardenal Marco Antonio Maffei como responsable de la Santa Alianza. Nacido el 29 de noviembre de 1521 en el seno de una noble familia de Bergamo, Marco Antonio, al igual que su hermano Bernardino eligen el camino de la iglesia. Experto en derecho canónico, es nombrado por el papa Pío V, nuncio en Polonia. Allí informa secretamente de los movimientos anticlericales, algo que le lleva a ganarse la confianza del Papa. Obligado a regresar a la corte papal, el pontífice lo nombra Vicario General de Roma, hasta que finalmente, es puesto al mando del nuevo servicio de espionaje y de la lucha contra el protestantismo representado por la reina Isabel I de Inglaterra.
El nombre de la Santa Alianza, había sido dado por el propio Papa en honor de la alianza secreta entre Roma y la reina católica de Escocia, María Estuardo. Los informes que los agentes papales iban recabando eran enviados a los poderosos monarcas que apoyaban el catolicismo y el poder pontificio ante el cada vez más extendido protestantismo. El principal cometido de los espías del Papa era prestar sus servicios a la reina María Estuardo con el fin de intentar restaurar el catolicismo en Escocia, la cual se había declarado presbiteriana en el año de 1560 y luchar desde ahí, contra el protestantismo de Inglaterra. Desde el mismo momento Pío V, el cardenal Maffei y el servicio de inteligencia entendieron que su principal enemigo era la reina Isabel, hija de Enrique VIII y Ana Bolena.
Habían pasado treinta y cuatro años desde que el rey Enrique VIII rompiese con la Iglesia católica cuando envió al papa Clemente VII un permiso para poder divorciarse de la reina Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y tía del emperador Carlos I de España y V de Alemania y casarse con su amante Ana Bolena. En la carta enviada por el monarca de Inglaterra, un viejo pergamino de sesenta por noventa centímetros y con la firma como aval de setenta y cinco altas personalidades del reino, Enrique VIII expresaba su deseo de contraer matrimonio con su amante y pedía el permiso papal para divorciarse de su actual esposa, la reina Catalina de Aragón.
La petición fue denegada por Clemente VII provocando la ira y el rechazo de Enrique VIII a la iglesia católica. El rey de Inglaterra decidió a pesar del rechazo papal, contraer matrimonio con Ana Bolena el 25 de enero de 1533 y anuló su matrimonio con Catalina el 25 de mayo del mismo año.
El cisma definitivo se produciría el 15 de enero de 1535 bajo el pontificado de Pablo III cuando para darle una base jurídica a su nueva supremacía eclesiástica Enrique VIII había convocado a los sabios de todas las universidades del país y al clero para que declarasen públicamente que el Papa romano no tenía ningún derecho divino o autoridad alguna sobre Inglaterra. Las bases reales de la nueva iglesia eran las de una iglesia católico-anglicana bajo la autoridad única de la corona.
Tras un breve reinado de Eduardo VI, el sucesor legítimo de Enrique VIII, para el papa Julio III se abría una nueva oportunidad de hacer volver al redil de Roma a la Iglesia de Inglaterra. De todos era conocido el catolicismo ortodoxo practicado por la que sería llamada a ocupar el trono de Inglaterra, María Tudor, hija de Catalina de Aragón. La nueva reina prohibió quince días después de entrar en Londres, que las exequias de su hermano y rey fallecido, Eduardo VI, se celebrase en la abadía de Westminster según el rito protestante. El cambio religioso en todo el país estaba ya a la vista.
Los cinco años de reinado de María Tudor hasta su muerte acaecida el 17 de noviembre de 1558 fueron bastante intensos. Guerras, ejecuciones, rebeliones internas, golpes de Estado y conflictos religiosos que sembraron el reino de sangre y fuego. La misma noche de la muerte de la reina María, su hermana Isabel, hija de Enrique VIII y Ana Bolena fue proclamada reina de Inglaterra.
Gran parte de la población recibió con júbilo la llegada de la nueva reina en parte por el mal recuerdo dejado por Maria Tudor a quien popularmente bautizaron como “María la Sanguinaria” (Bloody Mary). Desde su llegada al trono, María había estado decidida con el apoyo del papa Pablo IV y el rechazo del embajador de España, a implantar el catolicismo pero para ello debía cortar antes las cabezas de los que habían defendido la Reforma.
Un gran número de obispos protestantes a los que Maria Tudor definía como “malos pastores que habían llevado a sus ovejas a la perdición”, serían los primeros en ser quemados en la hoguera por delito de herejía. El ex obispo de Londres, Ridley, el mismo que poco tiempo atrás había proclamado reina de Inglaterra a Jane Grey y bastarda a María Tudor fue quemado vivo el 16 de octubre de 1555. A la hoguera también le acompañaría el ex obispo de Worcester, Latimer y Thomas Cranmer, el ex obispo de Canterbury y que curiosamente pronunciara la anulación de la boda del rey Enrique VIII con Catalina de Aragón y que consumaría la ruptura definitiva con el poder papal de Roma.
Durante esta etapa, Isabel había sabido adaptarse a la nueva religión imperante llegando incluso a asistir a misa junto a su hermana para evitar cualquier conflicto que permitiera a la reina ordenar o bien su ejecución pública o su asesinato.
El 15 de enero de 1559 Isabel I fue coronada como reina de Inglaterra y el 8 de mayo, inauguraba la sesión del Parlamento en donde pedía la aprobación de las leyes que permitían el restablecimiento del protestantismo en todo el país y sus dominios. Roma y su Iglesia católica dirigida por un anciano de ochenta y tres años, el papa Pablo IV, tenían ya poca fuerza para presionar ante el cambio religioso que se avecinaba nuevamente en Inglaterra.
De lo que si estaba seguro el pontífice era que la única baza para mantener un islote católico en la protestante Inglaterra era apoyar a la reina de Escocia María Estuardo. Realmente la reina María se convertiría en los años siguientes en tan sólo un títere de las conspiraciones desatadas entre el papa Pablo IV y sus sucesores, el poderoso y monacal rey Felipe II de España, el caprichoso rey Carlos IX de Francia, el insignificante e inculto Fernando de Austria y el que sería heredero de la corona escocesa y traidor a su propia madre, el príncipe Jacobo.
El círculo comenzó a cerrarse para Maria Estuardo cuando los dos hombres más cercanos a ella se convirtieron en espías de poderosas potencias con importantes intereses en Escocia. El 29 de julio de 1565 contrajo matrimonio con el católico Henry Darnley en Edimburgo. El nuevo rey consorte de Escocia era un hombre alto, fuerte y rubio que atraía a las mujeres pero también de escasa cultura. Darnley, el nuevo monarca de Escocia y quien compartía el lecho con la reina Maria Estuardo era una marioneta en manos de Sir Francis Walsingham, el jefe de los espías de Isabel y en las de los nobles escoceses.
A finales de 1565, la reina Maria Estuardo entabló una relación con un turinés de piel oscura llamado David Rizzio y que formaba parte del séquito del embajador de Saboya, el marqués de Moreta. Rizzio tenía treinta y dos años, ojos redondos y verdes, lo que llamó la atención de una reina aficionada a la belleza de los hombres. El italiano dominaba las artes de la música y la poesía, el laúd y los versos, pero también era sacerdote y uno de los espías más activos de la recién creada Santa Alianza, al mando del cardenal Marco Antonio Maffei.
Rizzio, nacido en Turín en 1533, era hijo de un humilde profesor de música. Junto a su hermano Giuseppe, decidió huir de la pobreza a través de la carrera eclesiástica. Gracias a la mediación de un lejano pariente, Rizzio consiguió entrar al servicio del papa Pablo IV, un gran amante del nepotismo. Según parece, Rizzio permaneció junto al Papa realizando ‘operaciones’ especiales para el Sumo Pontífice en Francia, Alemania e incluso en Inglaterra. Al parecer, se encontraba en una misión de este tipo, infiltrado en el séquito del embajador de Saboya, cuando la reina María Estuardo se fijó en él.
La reina pidió entonces al embajador que antes de marchase de Edimburgo le cediese a David Rizzio para su divertimento privado. Poco a poco el espía papal fue ascendiendo en el séquito, de simple cantante a en pocos días convertirse en “ayuda de cámara” de la reina y a cobrar setenta y cinco libras anuales. Rizzio gracias a su puesto cercano a Maria Estuardo tenía acceso directo a sus documentos más secretos y confidenciales.
La reina encontró en el italiano lo que no encontraba en su esposo, Lord Henry Darnley. Rizzio tenía las ideas muy claras, tenía una amplia cultura artística; dominaba el latín; el francés y el italiano los hablaba con fluidez y el inglés con soltura. A pesar de contar con el apoyo de la reina, el espía seguía comiendo en la mesa de los criados, pero la oportunidad de cambiar esta situación se le presentó cuando la reina cesó a su secretario privado.
Raulet, hasta entonces el hombre de mayor confianza de Maria Estuardo, fue despedido por la reina cuando descubrió que éste hacía oídos sordos a las continuas denuncias de varios nobles escoceses sobre los “sobornos” ingleses. Alguien del espionaje papal había pasado convenientemente a la reina, un amplio dossier de Raulet y sus relaciones con el anillo de espías de Sir Francis Walsingham, el jefe del espionaje isabelino. Realmente no estaban muy claras estas relaciones entre Raulet y Walsingham, pero con ese misterioso dossier se había conseguido allanar el camino de Rizzio hacia la Reina. Ahora el despacho de Raulet era ocupado por David Rizzio y a pesar de ser un fiel defensor de la contrarreforma e informar obedientemente de cualquier movimiento inglés o escocés al papa Pío V y a su jefe, el cardenal Maffei, se dedicó en cuerpo y alma a servir a la reina María.
Poco a poco el espía de la Santa Alianza iba acaparando mayor poder y Darnley, esposo de la reina, sabía que si quería quitarse de en medio al espía papal debería antes consultarlo con Francis Waslsingham y éste a su vez con la reina Isabel. Henry Darnley sabía que sólo así podría estar protegido en caso de que el asesinato del agente de Pío V, fuese descubierto por la reina, su esposa.
David Rizzio y su hermano, Giuseppe, a quien se ha traído desde Italia para que le acompañe, ha entrado a formar parte del círculo de espías de la Santa Alianza en Escocia. Su primera misión por orden del papa fue la de recabar información sobre John Knox, un alumno de Calvino y que superaba a éste en ortodoxia e integrismo. Para Pío V, Knox podría ser un importante obstáculo en el camino de Escocia hacia el manto protector de la Iglesia de Roma.
David Rizzio informó al Papa que John Knox era un antiguo sacerdote católico sin importancia que había decidido sumergirse en la Reforma. Para este integrista, Calvino y George Wishart, habían sido sus maestros, sus luces espirituales, hasta que la reina regente de Escocia decidió quemar a Wishart en la hoguera. Aquel acto engendró en Knox un violento integrismo y un profundo y visceral odio hacia la casa de los católicos Estuardo.
John Knox se convirtió a la muerte de su maestro en el líder de la llamada “Sublevación contra la Regente”. Detenido y enviado a galeras, tras ser puesto en libertad, Knox se refugió en tierras calvinistas en donde aprendió a usar la palabra. Rizzio informó entonces a Roma que la reina María se encontraba seriamente intranquila ante las noticias que llegaban sobre Knox. También Giuseppe Rizzio, el hermano de David, informa al papa Pío V sobre los movimientos de Knox y escribe en un documento: “Cada domingo desde el púlpito de Saint Gilles y convertido en un profeta escocés truena odios y maldiciones contra los que no escuchen su prédica. Celebra de forma infantil cualquier derrota sobre un católico o de otro adversario de diferente religión. Cuando un enemigo ha sido asesinado, Knox habla de la mano de Dios. Cada domingo al terminar su discurso alaba a Dios y le pide que acabe pronto con el reinado de los usurpadores Estuardos así como con la reina que ocupa un trono que no debe”.
Es David Rizzio quien informa nuevamente al papa Pío V y al cardenal Marco Antonio Maffei sobre el encuentro entre Knox y la reina María: “El encuentro sucedió en Edimburgo entre la católica creyente Reina de Escocia y el fanático protestante John Knox. El predicador se vuelve descortés y acusa a la Iglesia católica romana de la puta que no puede ser la esposa de Dios. Estas palabras ofenden a la reina Maria”.
La Santa Alianza ordena a los hermanos Rizzio que aumenten sus medidas de seguridad, al parecer se han creado demasiados y poderosos enemigos en muy poco tiempo y el espionaje del Papa no quiere perder a tan preciados espías. Pío V sabe perfectamente que nunca podría infiltrar a dos nuevos agentes en la corte escocesa a tan alto nivel como lo están ahora los Rizzio.
Entre los más importantes enemigos protestantes de David y Giuseppe Rizzio se encuentran los dos cancilleres principales de la reina, James Stewart, señor de Moray, el hermanastro bastardo de la soberana y William Maitland. Randolph, el embajador inglés ante la corte de Edimburgo, es uno de los mejores espías de Walsingham pero no tiene tanta proximidad con la reina como Rizzio y lo sabe.
Pronto los espías de la Santa Alianza descubren por medio de un traidor que la reina Isabel I de Inglaterra ha estado sobornando al canciller Stewart y a varios Lores para promover la rebelión protestante en Escocia contra María. El Papa sólo puede avisar a Felipe II, quién informa a través de su embajador en la corte inglesa que si esto sucediese tal vez se vería obligado a tener que ayudar a la reina católica. El embajador a pesar de conocerla no ha hecho ninguna referencia a la carta enviada por el papa Pío V a la reina Maria Estuardo el 10 de enero de 1566: “Mi muy querida hija: Hemos sabido con gran alegría que vos y vuestro marido habéis dado una brillante prueba de vuestro celo al restaurar en vuestro reino el verdadero culto de Dios”.
Pero la cada vez más estrecha relación entre Maria Estuardo y su secretario y espía David Rizzio comienza a ser incómoda para muchos de los poderosos que rodean a la reina de Escocia. Su matrimonio con Henry Darnley va cada vez peor. Su luna de miel apenas había durado unos días. La propia reina María había acusado a su esposo de ser incompatible con ella. Darnley por su parte no sólo se sentía rechazado por su esposa como pareja, sino también como rey. El esposo de Maria Estuardo se sentía decepcionado por no haber sido proclamado Rey de Escocia con pleno derecho, sino solamente como consorte, a título honorífico.
Los espías de Felipe II han comenzado a dar alertas al monarca sobre la situación que está viviendo la reina y David Rizzio. Finalmente, el rey de España envía una carta a su embajador, Guzmán de Silva indicándole que “debía hacer saber a la reina de Escocia que debe actuar con moderación (hacia Rizzio) y evitar todo lo que pudiese irritar a la reina de Inglaterra”. El texto de la carta cayó en manos de Isabel I gracias a un infiltrado en la casa del embajador español. Realmente Felipe II no conocía el temperamento de Maria Estuardo el cual pondría en un serio aprieto al espía del papa.
Durante un encuentro de cama con el propio Rizzio, el espía papal confesó a María de Escocia, que los ingleses habían estado financiando a los rebeldes escoceses. El embajador inglés por su parte no sabía que había sido David Rizzio y su hermano quienes habían descubierto a principios de febrero de 1566 que a través del embajador Randolph se había financiado la evasión a Inglaterra de los rebeldes escoceses que se habían sublevado contra la reina el año anterior. Con el informe redactado por Rizzio, el día 20 de febrero del mismo año, la reina Maria Estuardo convocó al embajador inglés ante su presencia.
María tiene, gracias a los espías papales, un abultado informe sobre el apoyo y el papel jugado por el diplomático inglés en los disturbios escoceses. Expulsar a un embajador no era fácil en el siglo XVI y Maria Estuardo está bien claro que no calculó tal efecto. Al día siguiente de la expulsión María, envió a Isabel I una carta exculpándola de todo, a pesar de saber que si el embajador Randolph era la mano ejecutora, la propia Isabel y Walsingham debían ser los cerebros de la operación. Incluso los tres mil escudos utilizados por los hombres de Francis Walsingham para sobornar a los que ayudaron en su huida a los rebeldes escoceses salieron de las arcas privadas de la Reina inglesa, pero María de Escocia tiene siempre presentes las palabras del monarca español en lo que respecta a no hacer nada que pudiese alterar el estado de ánimo de Isabel.
María Estuardo escribe a Isabel I el 21 de febrero de 1566: “Señora, mi buena hermana: De acuerdo con la sinceridad que siempre he usado con vos he creído deber escribir estas palabras por las cuales seréis informada de las malas costumbres de vuestro ministro aquí, Randolph. He sido seguramente advertida (por David Rizzio y la Santa Alianza) de que, en lo más fuerte de los disturbios que mis rebeldes suscitaron, el dicho Randolph los socorrió con la suma de tres mil escudos para sobornar a personas y fortalecerse contra mí, lo que dio ocasión a que yo, sin conservar la espina en el pie, llamara en el acto a comparecer ante mí a Randolph y a mi Consejo y le hiciera mantener el informe (confirmar la acusación) por el mismo a quien él entregó el dinero. Como me atrevo a esperar que, habiendo sido enviado por vos a prestar buenos oficios y habiéndose dedicado a lo contrario, lo estimaréis indigno de escudarse en vuestro mandato, no he querido sin embargo utilizar más acritud hacia él que enviároslo con mis cartas que os transmitirán más ampliamente mi acusación”.
El 1 de marzo de 1566, el embajador Randolph junto a su séquito abandonaba Escocia, pero antes de partir ha dejado casi preparado el golpe contra los espías del papa Pío V, David y Giuseppe Rizzio. Uno de los mejores aliados para llevar a cabo el golpe será el esposo de la reina, Henry Darnley.
En su viaje de regreso a Londres el embajador Randolph se detiene en la ciudad de Bestwick a la espera de órdenes de su soberana. Desde ahí envía una carta a la reina Isabel I: “....graves acontecimientos se preparan en Escocia. Lord Darnley (esposo de Maria Estuardo) está furioso contra la reina pues ella le niega la corona matrimonial y él tiene conocimiento de un comportamiento (su relación con David Rizzio) de la reina imposible de tolerar... Él (Darnley) ha decidido deshacerse del causante de este escándalo (el agente de la Santa Alianza). Ello deberá llevarse a cabo antes de la sesión del Parlamento”.
A Darnley ya no se le convoca a las sesiones del Consejo de Estado, se le niega el uso de los escudos reales de Escocia y es degradado a simple príncipe consorte sin derecho de opinión.
David Rizzio ha informado a Roma de las habladurías sobre él y la reina, pero el Papa sigue ordenándole que continúe informando desde Escocia, aunque con precauciones. Rizzio como secretario privado de la reina ya no enseña a Darnley los documentos oficiales y sella él mismo con el llamado Iron Stamp, la firma real sin consultar. Las monedas con las caras y la leyenda de “Henricus et Maria” han sido retiradas de circulación y sustituidas por otras que muestran la nueva leyenda de “Maria Regina Scotiae”.
Gracias a su habilidad para hacer disfrutar a María Estuardo, el agente de la Santa Alianza muestra ademanes principescos y ejerce con arrogancia el máximo cargo de Estado cuando hace tan sólo unos meses vestía ropas gastadas, comía con la servidumbre y dormía en la parte alta de los establos. Los rumores sobre la relación de la reina con el espía del Papa son cada vez más insistentes. Los nobles, muchos de ellos protestantes, saben que Rizzio es tan sólo una pequeña pieza del papa Pío V para convertir Escocia en una nación católica dentro del gran plan de la Contrarreforma llevada a cabo por Roma. Al parecer Maria Estuardo se ha comprometido con Pío V a convertir Escocia en el primer país en abandonar la Reforma y volver a la gran unión católica. El pontífice había dado órdenes precisas a su jefe de espionaje, el cardenal Marco Antonio Maffei y a sus agentes en Escocia para que protegiesen a María Estuardo de cualquier peligro que pudiese poner en peligro tan importante paso hacia el catolicismo.
Los nobles escoceses han visto ya claro que la unión entre María y Roma es David Rizzio. El embajador Randolph explica a su soberana que, “O Dios le depara a él (David Rizzio) un rápido final o a ellos (los nobles escoceses protestantes) una vida insoportable”.
A pesar del odio que sienten por el espía italiano, los nobles no desean enfrentarse abiertamente con la reina María. Conocen la dureza con la que reprimió la última rebelión y no desean acompañar al señor de Moray al destierro inglés. Los nobles saben que sólo hay un hombre con el suficiente poder como para golpear al espía pontificio y este es nada más y nada menos que Lord Henry Darnley. Si consiguen su apoyo, el asesinato de Rizzio pasará de ser un simple crimen por celos y por lo tanto un acto de rebelión contra la Reina en un acto patriótico en defensa de la verdadera fe (la protestante).
Los conspiradores contra los espías de Pío V, usarán algo tan simple como los celos que Darnley siente contra el italiano. Lo que no saben es que Rizzio por orden del Papa ha impedido que Maria Estuardo conceda a Darnley el derecho de regencia (matrimonial crown). Pío V deseaba impedir a toda costa que si algo sucedía a la reina, el regente (Darnley) podría volverse atrás en el deseo de convertir a Escocia en católica. Pero realmente nada de esto disgusta tanto a Darnley como el hecho de que su esposa, no permita que la toque mientras que sí autoriza al espía de la Santa Alianza a pasar largas veladas encerrado con ella en el dormitorio real.
Los conspiradores tienen por vez primera en la historia de Escocia, el permiso de un rey para rebelarse contra su soberana. Los nobles conspiradores prometen quitar el poder de manos de Maria Estuardo y entregárselo a Darnley, al mismo tiempo que están dispuestos a reconocerlo como nuevo rey de Escocia. Darnley por su parte promete concederles el indulto y premiarles con nuevas propiedades una vez que asuma la corona. Los espías de Walsingham afirman entonces que “la reina (Maria Estuardo) esta arrepentida de su matrimonio con Henry Darnley. Se habla de entregar la corona de Escocia a él (Darnley) quiera o no la reina. Sé que si estás llegan a buen termino en los próximos días le habrán cortado el cuello a Rizzio con el consentimiento del rey”.
Darnley no desea la muerte del espía del Papa, por cuestiones políticas, sino por simples celos del hombre que le ha arrebatado la confianza de su esposa y el sello real. James Stewart, señor de Moray prepara su regreso a Escocia una vez que se haya dado el golpe y el fanático John Knox ha escrito ya su sermón alabando la muerte o mejor dicho ejecución de un miserable católico.
En la tarde del 9 de marzo de 1566, en el castillo de Holyrood, David Rizzio ha recibido una seria advertencia de uno de sus espías, pero no hace caso. Sabe que si pasa todo el día al lado de la soberana nadie podrá alcanzarle. Nadie se atrevería a levantar su arma o su mano contra él en presencia de la reina María, pero decide avisar a su hermano, Giuseppe, para que se prepare para huir en caso de que alguien lance un golpe contra ellos. David ordena esa misma tarde a su hermano, recopilar todos los informes secretos del Papa y quemarlos para que no caigan en malas manos. En muchos de esos informes, Pío V y el cardenal Marco Antonio Maffei, dan directrices claras a sus espías sobre como actuar contra los intereses de Inglaterra en Escocia.
La tarde pasa tranquila. Maria Estuardo lee en su dormitorio situado en el cuarto piso de la torre mientras que Lord Henry Darnley invita a Rizzio a jugar a las cartas. Alrededor de la mesa situada en el centro del dormitorio real se sientan varios nobles, la hermanastra de la reina y frente a ella, el secretario Rizzio vestido con una lujosa casaca. La conversación es agradable y una música inunda el pequeño salón. Por una pequeña puerta del fondo, situada tras una cortina se abre para dar paso a Darnley que se sienta al lado de su esposa. La puerta permanece abierta sin cerrojo.
En ese momento, la cortina que cubre la puerta se abre bruscamente apareciendo en la sala real, varios nobles espada y daga en mano. El primero en acceder a la habitación con la espada desenvainada es Lord Patrick Ruthven.
La reina se levanta derribando la silla y recrimina a Ruthven su entrada ante ella con la espada desenvainada. El noble escocés replica que nada tiene contra ella y que su irrupción en la estancia sólo afecta al espía italiano. Rizzio se ha levantado de la mesa pero ni siquiera va armado. Tan sólo una pequeña daga que le cuelga del cinturón. El agente pontificio sabe que no tiene ninguna oportunidad. Sólo la reina puede protegerle. Darnley se echa atrás para alejarse de la pelea que se avecina. Maria Estuardo se interpone ante Ruthven que busca con la mirada a Rizzio y le increpa para que deponga su arma. El escocés sólo le responde, “preguntad a vuestro esposo”.
La reina dirige entonces una gélida mirada a su esposo que está escondido tras un grueso cortinaje. Sólo consigue responder entre balbuceos, “no sé nada de este asunto”.
Ahora a Ruthven se le han unido varios nobles más espada en mano y que ascienden por la estrecha escalera de caracol que sube hasta el salón de la reina. Rizzio intenta escapar pero es retenido por el brazo. María Estuardo continúa intentando dialogar con los rebeldes, pero estos no atienden a razones. Lo hecho, hecho está. Saben que ya no hay vuelta atrás y que con ello se juegan la cabeza.
Los conspiradores Lord Patrick Ruthven, Andrew Ker de Fawdonside, George Douglas, Patrick Bellenden y Henry Yair, un antiguo sacerdote, gritan a la reina que Rizzio es un espía del Papa y que debe morir por ello. María Estuardo responde que si algo debe reclamarse a David Rizzio debe ser a través del Parlamento. Ruthven sujeta por los brazos al italiano que ha arrojado su daga contra el rostro de uno de los atacantes, mientras otro de los conjurados le coloca una soga alrededor. Arrastrado se aferra al vestido de la reina.
María sigue luchando hasta que Andrew Ker, señor de Fawdonside le apunta con una pistola. Un manotazo dado por Ruthven en el último segundo, hace que el disparo se eleve sobre la cabeza de la reina y se empotre en el muro. Darnley sujeta a la reina que se ha desplomado en el suelo. El cuerpo de Rizzio es arrastrado escaleras abajo golpeando la cabeza bruscamente contra los escalones.
Una vez fuera del dormitorio real, los conjurados se arrojan sobre el espía de la Santa Alianza. Ruthven lanza la primera estocada que entra al espía del Papa por el costado izquierdo. La segunda estocada de Fawdonside le atraviesa la mano derecha cuando intenta cubrirse el rostro y se le clava en el cuello. Sangrando se levanta pesadamente pero cuando tiene las rodillas aún postradas en tierra, una tercera estocada, posiblemente del antiguo sacerdote Henry Yair, le secciona la yugular limpiamente.
Un grito ahogado por la sangre intenta salir por la boca del espía. Ruthven lanza una certera estocada que le atraviesa el corazón. El resto de nobles llega a apuñalar el cadáver ya sin vida de Rizzio hasta en cincuenta y siete ocasiones. David Rizzio, uno de los más importantes espías de la Santa Alianza, está muerto.
María Estuardo sujetada de los brazos por su esposo, no para de gritar contra los conjurados pero también contra el traidor de su esposo. Darnley le reprocha al oído el que ella lo haya apartado de su lecho a cambio de David Rizzio, mientras Ruthven ha entrado en la sala con la espada aún chorreando sangre del italiano. Con voz baja y profunda y dirigiéndose al noble escocés y a su traidor esposo, Maria Estuardo les repite una y otra vez que han firmado su sentencia de muerte. Su venganza será terrible.
Los gritos y el ruido de las espadas al chocar han hecho que James Bothwell al mando de la Guardia de Corps de la reina intente entrar en la habitación, pero la encuentra cerrada. Tras dar un pequeño giro Bothwell y Huntley, su segundo al mando, han saltado por la ventana espada en mano. Henry Darnley les tranquiliza declarando que tan sólo han matado a un espía del papa Pío V. Las falsas pruebas presentadas contra David Rizzio mostraban que éste intentaba facilitar el desembarco de tropas españolas en la costa de Escocia. De un solo golpe Maria Estuardo ha sido apartada de la Corona de Escocia y se ha cortado con el asesinato de Rizzio, la comunicación directa entre la Reina y el Papa, entre Escocia y Roma.
Poco tiempo después, Maria Estuardo ha perdonado públicamente a Lord Henry Darnley lo que hace que recupere la corona y la libertad y permite el regreso de Stewart de Moray a Edimburgo, pero ni el papa Pío V ni la Santa Alianza están dispuestos a permitir el asesinato de uno de sus miembros. El Sumo Pontífice ha dado orden expresa a sus agentes en Escocia y Londres de averiguar quienes han sido los conspiradores que dirigieron el asesinato de su agente, David Rizzio.
Cuarenta y ocho horas después del asesinato todo está olvidado. El espía de la Santa Alianza ha sido enterrado en algún lugar secreto y la reina María ha sido obligada a firmar en un documento el perdón de los conspiradores. Ahora, es el momento de comenzar a diseñar la venganza.
Giuseppe Rizzio que ha conseguido ponerse a salvo en París, ha informado ya al cardenal Marco Antonio Maffei que Henry Darnley, es el sospechoso número uno de los conspiradores y que si alguien debe pagar por el asesinato de un agente de la Santa Alianza este debe ser el esposo de la reina. En Roma, y durante una reunión secreta, el Papa ha ordenado crear una unidad especial formada por jesuitas, los soldados de Dios, con el fin de llevar a cabo la terrible venganza. Ninguno de los conjurados estará a salvo del largo brazo del Sumo Pontífice.
Tras el asesinato de David Rizzio, la reina Maria Estuardo ordenó enterrar su cadáver en el Panteón de los Reyes de Escocia. Años después su cuerpo fue exhumado y trasladado al cementerio de Canongate Kirkyard, en Edimburgo. Su cuerpo permanece aún ahí enterrado.
1Véase VV.AA. Dictionary of Beliefs and Religions. W & R Chambers Ltd, London, 1992.
2El documento del que penden setenta y cinco cintas de seda roja con setenta y cinco sellos de lacre permanece actualmente archivado en la Biblioteca Vaticana.
3Véase Michel Duchain. Elisabeth I D’Angleterre. Éditions Fayard, París, 1992.
4Véase Susan Doran. Elizabeth I and Religion 1558-1603. Taylor & Francis Books Ltd, London, 1993.
5Véase John Eliot y Laurence Brockliss. The World of the Favourite. Yale University Press, New Haven, Connecticut, 1999.
6Véase Mary Moore. David Rizzio. Da Capo Press, New York, 1981.
7Véase Alison Weir. Mary, Queen of Scots and the murder of Lord Darnley. Random House Ltd., London, 2003.
8Véase Rosalind Marshall. John Knox. Dufour Editions, Londres, 2001.
9Véase Walter Goetz, Paul Joachimsen, Erich Marcks, Wilhelm Mommsen y Hans Heinrich. La Época de la Revolución Religiosa, La Reforma y la Contrarreforma, (1500-1660). Tomo V, Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1975.
10Véase Alison Weir. Mary, Queen of Scots and the murder of Lord Darnley. Random House Ltd., London, 2003.
11Véase Michel Duchain. Elisabeth I D’Angleterre. Éditions Fayard, París, 1992 y William MacCaffrey. Queen Elizabeth and the Making Policy, 1572-1588. Princeton University Press, Princeton, 1981.
12Véase Stephen Budiansky. Her Majesty's Spymaster: Elizabeth I, Sir Francis Walsingham, and the Birth of Modern Espionage. Plume Editions, Londres, 2006.
13Véase Stefan Zweig. Maria Stuart. Williams Verlag AG, Zurich, 1976.
14Véase Mary Moore. David Rizzio. Da Capo Press, New York, 1981.
15Véase Eric Frattini. La Santa Alianza. Cinco siglos de espionaje vaticano. Espasa Calpe, Madrid, 2004.
16Véase John Eliot y Laurence Brockliss. The World of the Favourite. Yale University Press, New Haven, Connecticut, 1999.
17Véase Mary Moore. David Rizzio. Da Capo Press, New York, 1981.
18Véase Alison Weir. Mary, Queen of Scots and the murder of Lord Darnley. Random House Ltd., London, 2003.
19Véase Robert Naunton. Fragmenta regalia or Observations on Queen Elizabeth, her times and favourites. Cerovski Publishers, Toronto, 1985.
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