Eric Frattini
 
carrito
carroComprar
Noticias
Sala de Prensa
Contactar
Home
Mapa Web
 
Eric Frattini  
Documentales
Radio/Televisión
VATICANO
TOP SECRET
           
 
 
EL QUINTO MANDAMIENTO
Editorial Espasa
Capítulo I Volver
 

CAPÍTULO I

Siena, 1630
Matteo Argenti caminaba por una oscura calle de la ciudad italiana, muy cerca de la Piazza del Campo. Aún podían observarse los estandartes de las contradas participantes en la carrera del Palio, colgados de los balcones. El joven giró en Via della Fonte y entró en una de las casas. Allí, junto a dos camastros y una mesa como único mobiliario, podían verse varias páginas dispersas pertenecientes a un extraño libro, cuyo texto nadie entendía.

Mientras se sacaba el sombrero y la capa, una mano enguantada le sujetó desde atrás, tapándole la nariz y la boca para evitar que pudiese gritar y respirar. Con un hábil movimiento el misterioso visitante, tomó en su mano derecha una fina y larga daga de misericordia y se la introdujo por la nuca hasta el cerebro. Ahora sólo quedaba esperar al segundo objetivo.

El hombre dejó caer el cuerpo de Matteo con la daga aún hundida en la nuca y lo acomodó en uno de los camastros tapándolo con una manta. Seguidamente, el asesino hizo la señal de la cruz y tras pronunciar las palabras, “Fratum nec Fractuem, Silta nec Silto (Favor por favor. Silencio por silencio)”, se sentó a esperar, mientras con su capa limpiaba la sangre que había quedado en el filo de la daga.

Bien entrada la noche, Marcello Argenti, el segundo objetivo, entraba en la casa. Sin darle tiempo a reaccionar, utilizando la misma técnica, el asesino agarró a su presa por la espalda, pero Marcello era más fuerte que su hermano. Tras conseguir reducirlo, el atacante sujetó a la víctima por la frente y boca abajo. Mientras pronunciaba las palabras “Dispuesto al dolor por el tormento, en nombre de Dios”, con la misma fina y larga daga utilizada para matar al primer objetivo, se la clavó desde el cuello en dirección ascendente al cerebro, atravesando lengua y paladar. Esta era una técnica utilizada por los asesinos en Constantinopla que él la había sabido ejecutar a la perfección, debido a sus muchos años de práctica.

Tras ejecutar a los dos hombres, el asesino introdujo en una bolsa de cuero las páginas del extraño ‘Códice Cifrado’ y arrojó sobre ambos cadáveres una especie de octógono de tela. Después con su mano derecha realizó la señal de la cruz a modo de bendición, salió a la calle en donde desapareció entre las sombras, con el mismo silencio con el que había matado a aquellos dos desdichados.

Los hermanos Matteo y Marcello Argenti, habían aprendido de su tío Giovanni Battista Porta, el estudio y la magia de los códigos y encriptados. Ambos habían redactado uno de los mejores tratados sobre la criptografía del siglo XVII y sobre como aplicar sistemas de seguridad para evitar que los mensajes y cartas de los poderosos pudieran ser vulnerados.

Matteo había conseguido descifrar parte de un misterioso libro mediante la aplicación de símbolos, sustituyéndolos por letras del alfabeto. Por su lado, Marcello, había conseguido descodificar otra parte importante del libro, sustituyendo cada letra sin cifrar con un número del 1 al 99 y utilizando frecuencias variables. Athanasius Kircher, erudito y jesuita, miembro de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y propietario del llamado ‘Códice Cifrado’, había copiado varias páginas de dicha obra y se las había enviado a los hermanos Argenti.

Lo cierto es que lo descubierto por Marcello y Matteo, indujo al miedo al cardenal François Lienart, miembro de la Iglesia y cercano consejero de los Sumos Pontífices, Gregorio XV y Urbano VIII.

Utilizando a un asesino del ‘Círculo Octogonus’, el poderoso cardenal consiguió silenciar en el nombre de Dios nuestro Señor, a dos científicos que podrían haber descubierto lo que aquel peligroso y misterioso texto, significaba. Pero no por mucho tiempo…

New Haven, Connecticut, tres siglos y medio más tarde
El anciano y su ayudante entraron en la pequeña pastelería muy cerca de Greene Street. La campana situada sobre la puerta de madera anunciaba la entrada a un paraíso de olores. Allí se podía comprar por cincuenta centavos un sabroso Vegyes Rétes, tal vez el único lugar en los Estados Unidos. Al anciano le gustaba el aroma que desprendían los pequeños hornos y que invadían su nariz. Aún recordaba aquellos pasteles de masa dulce relleno de una mermelada de manzanas que hacía su madre en su Hungría natal.

El hombre entregó a la joven del mostrador vestida con una especie de disfraz de campesina, una moneda de cincuenta centavos. Al extender el dinero la joven observó el brazo izquierdo del anciano. De color violáceo, aún era visible el número que le grabaron cuando traspasó las puertas del infierno del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. El profesor Aaron Avner recordó, como si hubiera sido ayer, el día en que sus padres cuchicheaban en la cocina de su casa de Budapest mientras miraban con preocupación el periódico: ‘Adolf Hitler, el líder de Alemania, expande su poder a Hungría’.

El padre de Aaron, había sido un combatiente valiente en el ejército del Kaiser pero, en aquel momento, las amenazas de intervención militar obligaron al gobierno húngaro a apoyar la política del régimen nazi, incluyendo las leyes contra los judíos. Aaron seguía recordaba claramente aquel día de 1935 cuando el partido fascista más importante de Hungría, liderado por Ferenc Szálasi entró en la escena política. El entonces primer ministro Kálmán Darányi intentó contentar a todas las partes, antisemitas y nazis, imponiendo restricciones a la participación de ciudadanos judíos en los negocios y actividades profesionales de toda Hungría.

Milo Duke, el joven ayudante de Aaron, dijo:
- “No me había hablado nunca de ello”.
- “No hay nada de que hablar”- respondió tajantemente el anciano como queriendo que el joven no continuase con sus preguntas pero al mismo tiempo deseando poder contarle su historia a alguien, - “un político jamás entregará su vida por un ciudadano. Seguro que preferirá que sea el ciudadano quien entregue su vida por él. Así son los políticos” - dijo.

Mientras seguían caminando hacia Chapel Street bajo el sol de la tarde, los tristes recuerdos seguían golpeando la cabeza de Aaron, como si quisiesen aflorar en una memoria que él ya tenía perdida desde hacía décadas. El joven rompió el silencio una vez más:
- “¿Por qué los húngaros no hicieron nada contra los fascistas?”-.
- “Nadie deseaba ayudar a los judíos. Fue entonces cuando mi padre supo que las cosas para nosotros no iban a ser nada fáciles. Tras llegar al poder, Teleki aprobó leyes más restrictivas para nuestra comunidad. Definió a los judíos por su sangre y no por sus creencias religiosas. Muchos amigos que no eran practicantes tomaron el camino de la conversión, pero aún así seguían siendo vistos como judíos y, por lo tanto perseguibles”, explicó Aaron, mientras le temblaba la voz.
- “¿Cómo acabó usted en Auschwitz, profesor?”- preguntó tímidamente el joven.
- “En abril de 1944, Hitler pidió a las SS, a través de Himmler y sus carniceros de la Totenkopf que consiguieran más trabajadores, esta vez 100.000 judíos de Hungría. Para julio de 1944, casi 440.000 judíos húngaros ya habíamos sido deportados de Hungría, a Auschwitz. La mayoría de los deportados fueron llevados directamente a las cámaras de gas o fusilados”-.

El anciano profesor y el joven estudiante se sentaron en un pequeño banco del parque situado en New Haven Green, en la esquina de Church Street, a degustar su pastel.
-“¿Quieres saber como sobreviví? El 7 de octubre del 44, una organización fascista húngara y antisemita llamada la Cruz Flechada, desencadenó el terror contra los judíos de Budapest. Aquello supuso el comienzo del fin para muchos de nosotros. La llegada al poder del criminal Ferenc Szálasi, puso fin a nuestros sueños de no ser enviados a los campos de exterminio”. El relato se cortó mientras el anciano cerraba los ojos para degustar un pequeño trozo de su pastel y recordar a través del sabor a su muy querida Hungría natal.
-“Una tarde, los comandos de la Cruz Flechada, obligaron a todos los judíos que quedábamos en Budapest, a concentrarnos en la plaza Kalman Tisza. Por la tarde, cuando regresé a mi casa, pude ver como una unidad de la Cruz Flechada detenía a mi madre y a mis dos hermanas. Mi padre había conseguido refugiarse en una ‘casa segura’, una especie de refugio bajo protección del gobierno sueco y de un diplomático llamado Raoul Wallenberg. Intenté gritarles pero no me vieron”- dijo cerrando los ojos y con la voz quebrada, suspiró, -“Aquella fue la última vez que las vi con vida. Las tres fueron trasladadas esa misma noche a Auschwitz y enviadas a las cámaras de gas. Yo fui detenido a la tarde siguiente mientras buscaba a mi padre”-.
-“¿Y le enviaron a Auschwitz?”.
-“Sí, como a todos. Creo que fui con el último envío de judíos húngaros a Auschwitz. Me salvé de la cámara de gas debido a que el 25 de noviembre, ante el rápido avance de los rusos y de los aliados, Heinrich Himmler ordenó la destrucción de las cámaras de gas y crematorios en Auschwitz-Birkenau. Dos meses después, fui forzado por la SS a evacuar el campo, en una dura marcha hacia el oeste hacia la Alta Silesia. En Wodzislaw, los que aún quedábamos con vida, en total 45 mil prisioneros de los 60 mil que evacuamos Auschwitz, fuimos nuevamente introducidos en vagones de carga y deportados a campos en Alemania. Yo acabé en Dachau y sobreviví, hasta abril del 45, cuando llegó hasta las puertas del campo la primera unidad estadounidense que nos liberó”-.
-“¿Y no buscó a su familia?”- interrumpió nuevamente Milo el relato del anciano.
-“Sí. Durante meses. Fue la Cruz Roja y una organización sionista que me ayudó a conocer el paradero de mi madre y mis hermanas y cual había sido su destino. Mi padre consiguió salir de Hungría vía Suecia, y desde ahí viajar a Londres. Fue en aquella ciudad donde nos encontramos nuevamente. Pero el hombre altivo, culto y refinado que yo conocía era ahora una sombra de lo que fue. Al trasladarnos a los Estados Unidos a comienzos de los años 50, mi padre continuó encerrado en sus recuerdos y en su sentido de culpabilidad por no haber podido salvar la vida de mi madre y mis hermanas. Tenía sentido de culpabilidad, creo. Una mañana, cuando regresaba de la universidad, lo encontré muerto en el baño. Se había disparado en la cabeza. Realmente era cuestión de tiempo. Mi padre fue una víctima más del nazismo. Tal vez una de las últimas”, dijo Aaron.
-“¿No tenía usted ganas de venganza?”- preguntó incrédulamente el joven.
-“No. Todos aquellos responsables de la muerte de mi familia o fueron ejecutados o murieron al final de la guerra. Ferenc Szálasi fue ahorcado por crímenes de guerra en Hungría el 12 de marzo del 46, Himmler y Hitler se suicidaron, pero ¿qué conseguimos los judíos con ello?, ¿quién devolvería la vida a los 450 mil judíos húngaros asesinados?, ¿quién devolvería la vida a mis padres o a mis hermanas?, ¿quién devolvería la vida a los seis millones y medio de judíos de Europa asesinados por la maquinaria nazi? Nadie, absolutamente nadie. Existe un poema judío que expresa muy bien lo que sentimos los que sobrevivimos al Holocausto y dice así: He hablado con la muerte/ y así sé la inutilidad de las cosas que aprendemos/ un descubrimiento que hice a expensas de un sufrimiento tan intenso/ que sigo preguntándome si merecía la pena”.
- “¿Y merecía la pena?”- preguntó Milo a su maestro.
- “No lo sé. Sinceramente, no lo sé. Aún sigo preguntándomelo cuando miro este número grabado en mi brazo izquierdo. Tal vez los nazis lo hicieron indeleble para evitar que pudiésemos borrarlo. En muchas ocasiones creo que los judíos no nos borramos los números de nuestros brazos por una cuestión de decencia, decencia y respeto por los millones de los nuestros que murieron en Europa. Quién sabe”-.

La tarde caía fría sobre el parque en New Haven. Aaron cogió por el brazo a su joven ayudante y se levantó del banco.
-“Vamos, Milo, regresemos a la biblioteca. Tengo aún mucho trabajo por hacer y se acerca la fecha clave”- dijo el anciano. Los dos mantuvieron un absoluto silencio mientras caminaban por las limpias aceras, invadidas por universitarios con libros entre los brazos. Para Aaron Avner, un superviviente del Holocausto y amante de los libros antiguos, New Haven, un pequeño paraíso de ciento veintitrés mil habitantes en el corazón del Estado de Connecticut, entre las bulliciosas ciudades de Nueva York y Boston, se había convertido en su particular refugio durante los últimos treinta años.

Aaron Avner disfrutaba recorriendo las calles de esta ciudad decorada con elegantes edificios estilo Nueva Inglaterra, y cuya vida cultural no se detenía jamás. Le gustaba visitar a sus viejos amigos como Ari Benissario, un judío y comunista italiano que escapó en los años treinta de las persecuciones por parte del régimen de Mussolini y que huyó de su Modena natal para instalarse en New Haven. Aquí era propietario de una de las mejores tiendas de sombreros del país, ‘DelMonico Hatters’ en el número 37 de Elm Street. Cada año, Ari regalaba a Aaron un sombrero ‘Panamá’ que el bibliotecario sabía llevarlo con orgullo, casi como una corona.

Para la fabricación de los sombreros, Benissario utilizaba los brotes de una planta llamada Carludovica Palmata, de la cual se usan docenas de hojas de un metro de largo y pocos milímetros de ancho. La confección de los más finos sombreros requería de una temperatura especial, además, a los tejedores -principalmente mujeres y niños- no les debían sudar las manos porque mancharían la valiosa paja. Un sombrero de alta calidad como los que vendían en ‘DelMonico Hatters’ necesitaba de tres a cuatro días de trabajo. A Ari Benissario le gustaba hacer una prueba con los sombreros que regalaba a Aaron y que consistía en llenar el ‘Panamá’ de agua como si fuera una bolsa. Si no se filtraba ni una gota, quería decir que el tejido era de máxima calidad. Al llegar a casa, su esposa Martha colgaba el sombrero junto a la ropa recién lavada para que se secase.

Otra de las personas que conformaban el estrecho círculo de amistades del bibliotecario era Alexandria Blackman, una bella dama de Boston que se instaló en New Haven en los años cuarenta y que había convertido su negocio de tabacos, el ‘Owl Shop Cigars’, en una de las mejores cuevas de cigarros de toda Nueva Inglaterra. En la trastienda del negocio ubicado en el 268 de College Street, a Alexandria le gustaba contar historias a los amigos, todas ellas arrancadas de su imaginación, sobre sus nobles orígenes bostonianos. Pero los orígenes reales de Alexandria procedían de una camarera de Ohio y de un dentista de la profunda Nebraska y su único noble origen, según le gustaba explicar a Aaron para diversión de todos, se remontaba a un miliciano a las órdenes de George Washington al que le gustaba arrancar cabelleras inglesas.

El tercero era Mihail Goldberg, un judío de origen checo, con quién almorzaba una vez por semana en el ‘Slifka Center for Jewish Life’, en el 80 de Wall Street a muy pocos metros de la Beinecke. Mihail era un judío ortodoxo al que le gustaba seguir al pie de la letra las estrictas normas de la Torah y que sólo comía, comida kosher. Su hija Dana, era una de sus ayudantes en la biblioteca Beinecke, trabajo que compaginaba con sus estudios de Ciencias Políticas e Historia Contemporánea.

Lo cierto es que la vida entera de los habitantes de New Haven, como la de él mismo, se articulaban en torno a una institución centenaria como la Universidad de Yale y que tan grandes líderes había dado al país. Sus restaurantes, sus teatros, sus museos y sus clubes giraban alrededor de esa gran constelación llamada, Yale. Aaron era una pieza más de ese gran engranaje cultural que rodeaba la ciudad y estaba orgulloso de ello. Aún recordaba cuando llegó por vez primera a New Haven en la década de los años 50, ayudado por la familia Goldman y en cuyo honor se levanta hoy la ‘Lillian Goldman Law Librery’ de la Universidad de Yale.

Todavía recordaba, como si fuera ayer, la primera vez que vio a aquella joven de pelo rojo con olor a lilas. Sus zapatos blancos y azules con cordones, unos pantalones remangados y una chaqueta de cuadros rojos dos tallas más grande que ella, que la envolvía. Durante semanas intentó establecer contacto con ella sin mucho éxito. Finalmente dio la misión por perdida hasta que una noche, durante una fiesta en casa de los Goldman, la vio aparecer con un precioso vestido azul de tul a aquella pelirroja. Fue la propia Lillian Goldman quien los presentaría y, desde aquel mismo día, aquella estudiante de historia medieval llamada Martha y un judío húngaro superviviente del holocausto y experto en códices medievales llamado Aaron, ya no se separarían ni un solo día durante los siguientes treinta años.

Fue Martha quien le animó a terminar sus estudios de historia medieval; fue ella quien le obligó a especializarse en tratados y códices, hasta convertirse en una de las máximas autoridades de la materia en los Estados Unidos; fue Martha la que le empujó a hacer el doctorado en códices del siglo XV y quien tras una llamada casi de forma clandestina, convenció a la familia Goldman para que recomendasen a Aaron para el cargo de bibliotecario de libros raros de la universidad. Todo lo que él era se lo debía a ella. Su sucesión al tan ansiado puesto de responsable de la biblioteca Beinecke, llegaría en 1972, tras una serie de polémicas generadas por la adquisición de documentos que después resultaron ser falsos y que fueron avalados por el anterior director, Sterling Ayers.

A finales de 1965, la Universidad de Yale adquirió por un millón de dólares un supuesto y valioso mapa de Vinlandia, una región cercana a la actual Terranova. El mapa, fechado en el siglo XVI, parecía demostrar que un pequeño grupo de vikingos habían sido los primeros europeos en pisar suelo americano. La polémica estaba servida y Ayers no pudo, o no supo, aguantar la tormenta que cayó sobre la institución por parte de sectores partidarios de Cristóbal Colón. En 1972, un equipo de expertos descubrió que en la tinta se habían utilizado sustancias químicas propias del siglo XX. Sterling Ayers se vio obligado a dimitir y Aaron Avner, un judío húngaro nacionalizado estadounidense se convirtió en el nuevo director de uno de los mayores tesoros de la Universidad de Yale, la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos.

Poco a poco su vida fue volcándose en aquellos códices con olor a pergamino viejo que iban almacenándose de forma aséptica en la biblioteca, cuidando de la humedad y temperatura en las kilométricas estanterías. Como aquellos frailes, denominados scriptores, que realizaban copias de libros a mano en oscuros monasterios europeos, Aaron Avner se había convertido en una especie de ‘guardián de las palabras’, en un protector de los más de medio millón de incunables, códices y manuscritos. Todos aquellos legajos eran como hijos. Sabía casi de memoria cual era la enfermedad que afectaba a cada uno de ellos, como se llamaban, cual era su número de registro e incluso cuando fueron redactados. No necesitaba de ningún ordenador para saber de que trataba cada uno de ellos. Eran sus hijos.

Aquel edificio recubierto de mármol blanco de Vermont, cristal y acero y diseñado por el arquitecto Gordon Bunshaft, se había convertido en el único mundo conocido por Aaron Avner, en su único planeta, al que sólo unos pocos elegidos podían acceder. Realmente el bibliotecario había dedicado más horas de su vida a aquel elegante y aséptico edificio y a todo su contenido que a su esposa Martha.

Todavía recuerda vivamente aquel día en que se encontraba en Ginebra, en un Congreso Mundial de Bibliotecología, cuando recibió una llamada urgente desde el Yale Hospital. Al otro lado de la línea una voz le informaba que su esposa acababa de fallecer tras vivir los últimos seis años con la lacra del cáncer.

-“Jamás me reprochó el haber dedicado más tiempo a estos viejos libros y manuscritos que a ella. Jamás oí una sola palabra en contra de mi trabajo alrededor de estos libros. Tanto para ella como para mí, estos viejos papeles, eran esos hijos que nunca pudimos tener” pensó el bibliotecario con cierta melancolía y con lágrimas en los ojos. De eso hacía ahora siete años.

Sentada en su viejo sofá y envuelta en una manta, Martha solía escuchar de forma apasionada las historias de Aaron sobre algún nuevo descubrimiento realizado en uno de los códices. Disfrutaba viendo como su esposo bailaba de felicidad alrededor de la mesa mientras relataba los pasos seguidos para descifrar algún nuevo dato aparecido en alguno de los libros de la ‘Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos’. Para ella, en la etapa final de su enfermedad, aquellos cuentos la animaban y mucho más al poder ver la cara radiante de su esposo al descubrir el significado de algún símbolo o de algún signo escondido en alguna de las páginas de los miles de libros que conformaban el valioso fondo de la biblioteca.

Al girar la esquina de College Street y Elm Street, se levantaba el edificio de la biblioteca Beinecke de granito gris y mármol blanco rodeado de la prestigiosa Escuela de Leyes, el Berkeley College y la Librería Sterling.

Una puerta de cristal giratoria proporcionaba la entrada pública a la Biblioteca Beinecke. Si alzaban la vista, los ojos de los recién llegados podían divisar la torre de cristal de los libros que se elevaba en el interior, como si fuera el verdadero corazón del edificio. Dos escaleras ascendían de cada lado al nivel del entresuelo. En el nivel de entrada, el entresuelo funcionaba como un escaparate para exponer las más valiosas piezas de la Beinecke.

Al entrar en su espacioso hall de entrada, Aaron colocó su tarjeta magnética sobre un lector laser. La luz verde le indicó que podía acceder al interior. Milo Duke hizo lo mismo y siguió de cerca a su profesor. Sólo Aaron había respondido al saludo de George, el canoso vigilante uniformado que estaba sentado tras un gran mostrador de granito y madera.
-“Cualquiera podría entrar sin que George lo viese. Llevarse la Biblia de Gutenberg, salir del edificio, tomar un taxi al aeropuerto, coger un avión a Londres, venderlo en Sotheby’s y regresar a cenar a New Haven, sin que George se hubiese dado cuenta de nada”- dijo Milo con cierto sarcasmo.
-“Dentro de unos años, cuando te empiece a temblar el pulso a ti tampoco te dejarán tocar ninguno de estos manuscritos y códices. Serás demasiado viejo y torpe como para que los ‘cerebros grises’ de Yale te dejen siquiera acercarte a ellos” le respondió Aaron, como intentando defender la edad de la experiencia ante la juventud arrolladora de su ayudante.
Antes de entrar en la zona reservada para el personal, una voz llamó la atención del responsable de la biblioteca. Era Melva Davies, la secretaria de Clark Maynard, el altivo decano de la universidad.
-“Profesor Avner, el decano Maynard desea hablar con usted”- aclaró con voz estridente la secretaria, -“Ah!! Y ha vuelto a llamar para pedir un cita con usted el periodista del Boston Globe. Ese tal Jack Brown”-.
-“Dígale al decano Maynard que en dos o tres días podré decirle algo más y si vuelve a llamar ese Brown, dígale que no estoy. Que estoy de viaje”- replicó a forma de excusa mientras empujaba la puerta blindada que daba acceso a la zona de oficinas y departamento de restauración. Ya a salvo de Melva Davies, el profesor Avner se encaminó hacia su despacho con paso rápido. Mientras caminaba, pronunciaba pequeños saludos entre dientes a los que encontraba en su camino.

Ya en el seguro refugio de su despacho y desde un gran ventanal podía verse el gran corazón del edificio, una torre central interior con estructura de acero y cristal templado en donde se alineaban 180 mil códices y manuscritos perfectamente alineados y etiquetados en sus lomos. Otro medio millón de cartas, documentos y libros se almacenaban pulcramente ocultos en el subsuelo del edificio. Un poco más a la derecha se divisaban las dos urnas de cristal que contenían dos de los ejemplares más valiosos de la colección Beinecke; una Biblia de Gutenberg, el primer libro occidental impreso con caracteres tipográficos móviles, y ‘Los Pájaros de Audubon de América’.

Seguidamente levantó el teléfono y llamó a su ayudante Milo Duke. Una vez reunidos, pidió a la señora Hollingsworth que le trajese a su despacho el volumen número 2002046.

Duke llevaba varios años colaborando con el profesor Avner y habían seguido paso por paso los descubrimientos llevados a cabo por éste en el llamado ‘Códice Cifrado’. Lo cierto es que Aaron sólo les daba pequeñas pinceladas sobre lo que iba descubriendo en el valioso códice, aunque nunca todas las claves. Sabía que aquello podría ser peligroso para ellos. Milo Duke y su manoseada agenda negra, que siempre llevaba encima, eran las únicas fuentes y bases de datos sobre lo que iba descubriendo en las misteriosas páginas del ‘Códice Cifrado’. El bibliotecario no deseaba dejar el menor rastro de sus investigaciones o por lo menos, no a la vista de ojos indiscretos.

Minutos después mientras hablaban en el interior del despacho, un sonido seco en la puerta cortó la conversación. La eficiente señora Hollingsworth entró empujando un pequeño carrito con bandeja y sobre él, el ‘Códice Cifrado’.
Con sus manos enguantadas tomó el viejo manuscrito y lo depositó en una gran mesa metálica con el mismo cuidado como el que tendría una enfermera colocando un paciente en una mesa de quirófano.
El profesor Avner dio las gracias a la bibliotecaria, pero esta dudó un momento antes de retirarse. A Gayle Hollingsworth no le gustaba demasiado dejar un códice como aquel en posibles manos inexpertas. Antes de cerrar la puerta, la bibliotecaria se giró y dirigiéndose a Aaron Avner le dijo:
-“Profesor, recuerde ponerse los guantes y no fume sus pestilentes cigarros cerca del códice”- dijo con una pequeña sonrisa entre los labios mientras cerraba la puerta tras de sí.

El joven ayudante jamás había podido tocar el ‘Códice Cifrado’ a pesar de llevar en la Beinecke casi cuatro años, los dos últimos junto al profesor. La señorita Hollingsworth lo había impedido. Ahora, allí estaba aquel viejo libro lleno de misterios y códigos que hasta ese momento habían sido imposibles de descifrar. El anciano bibliotecario se colocó los guantes cuidadosamente, mientras observaba el libro con deleite.

En la caja aparecía una pulcra etiqueta que indicaba:
MS 408
Europa central [?], s. XV^^ex–XVI [?]
Manuscrito cifrado
Texto científico o mágico en una lengua desconocida, en cifra, aparentemente basado en minúsculos caracteres romanos; algunos eruditos creen que el texto es obra de Roger Bacon, ya que las ilustraciones parecen representar temas que, según se sabe, eran del interés de Bacon.

Para el profesor Avner el ‘Códice Cifrado’ era como la ‘Gioconda’ de los libros. Antes de abrirlo con ambas manos, extrajo de la caja metálica, una carpeta roja en cuyo interior se encontraba una misteriosa carta escrita en latín por alguien llamado Johannes Marcus Marci de Cronland, un erudito jesuita que pudo ser propietario del códice entre 1608 y 1637. La carta manuscrita y fechada en 1666 se encontraba en perfecto estado, así como el códice. Aaron sabía que existían tres cartas más escritas por Marci de Cronland y dirigidas a la misma persona, el sabio Athanasius Kircher, otro jesuita y erudito cuya amplia correspondencia se encontraba archivada en la biblioteca de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Para Aaron Avner la llamada ‘Carta Marci’ y que desde hacía siglos, formaba parte del archivo del ‘Códice Cifrado’, era la más importante de las cuatro debido a que en primer lugar, reposó durante siglos en el interior del códice y en segundo lugar, porque gracias a ella se podía seguir el rastro del códice hasta casi finales del siglo XVII. El ‘Códice Cifrado’ llevaba anexa una etiqueta en su lomo con un código de barras con el número MS 408. La ‘Carta Marci’ llevaba anexa otra etiqueta en su lomo con el número MS 408A.

Aaron sabía todo lo que había que saber sobre Johannes Marcus Marci de Cronland, antiguo rector de la Universidad de Praga.
“Sólo tienes que leer la carta entre líneas para saber quien era o por lo menos, cómo era este sabio jesuita” dijo Aaron a su ayudante. Desplazando su dedo enguantado por las líneas escritas tres siglos antes, el profesor Avner comenzó a leer mientras traducía del latín: “Reverendo y distinguido Maestro, Padre en Cristo: este libro, que heredé de un amigo íntimo, estuvo destinado a ti desde que llegó a mis manos, mi muy querido Athanasius, porque estoy convencido de que nadie más que tu será capaz de leerlo. El propietario anterior de este libro pidió una vez tu opinión por carta, copiando y enviándote un extracto del libro, del cual pensaba que serías capaz de leer el resto, pero en aquel momento no quiso remitirte el libro en sí”, dice la carta.
-“¿Entonces Johannes Marcus Marci de Cronland se creía propietario del códice?, preguntó el ayudante.
-“Johannes Marcus Marci de Cronland fue el séptimo propietario del ‘Códice Cifrado’. Llevo casi veinte años, desde que el libro cayó en mis manos, intentando establecer una ruta hacia el pasado. Desde 1969 en que fue donado a la biblioteca Beinecke por un coleccionista llamado Hans Kraus hasta el mismísimo reinado de Enrique VIII de Inglaterra”- respondió el profesor, “Ha sido como intentar hallar un código de ADN o mejor dicho reescribir un currículum vitae de un premio Nobel desde que le dan el premio hacia su nacimiento. Esto es mucho más complicado debido a que para ello no se siguen pautas de investigación cronológica. El científico nace, crece, estudia, va a la universidad, se licencia, pasa por diferentes trabajos, realiza diferentes investigaciones, publica sus descubrimientos y le conceden el premio Nobel. En el caso del ‘Códice Cifrado’ lo que tuve que hacer es seguir una pauta no-cronológica, una pauta histórica y eso es mucho más complicado”.
-“¿Por qué es más complicado? Los acontecimientos que rodearon al códice están documentados en su mayor parte”, dijo Milo Duke.
-“Déjame que te lo explique. En estas últimas dos décadas, he conseguido seguir una ruta del códice. Y la ‘Carta Marci’ ha sido muy importante para ello. Déjame que siga leyendo. Es ahora, a partir del segundo párrafo cuando aparecen las primeras revelaciones importantes”. El profesor se ajustó sus gafas metálicas en la punta de la nariz y buscó con el dedo el lugar en donde se había quedado anteriormente:
“El maestro de idioma bohemio de Fernando III. El señor Doctor Rafael, me ha informado de que el libro antedicho perteneció al emperador Rodolfo, que pagó por el libro a su anterior poseedor la suma de 600 ducados. Él creía que su autor era el inglés Roger Bacon”, la carta concluye, “Quedando a las órdenes de Su Reverencia, Johannes Marcus Marci de Cronland. En Praga, a 19 días de agosto del Año del Señor de 1666”.
-“¿El monje franciscano del siglo XIII?, pero si vivió entre 1214 y 1292. ¿Cómo pudo entonces escribir el ‘Códice Cifrado’ si está datado en el siglo XV?”- preguntó Milo.
-“La ‘Carta Marci’ me ha permitido seguir un rastro más o menos fiable del ‘Códice Cifrado’ a través de los personajes que cita Johannes Marcus Marci de Cronland en su propia carta” dijo el profesor haciendo una pausa y obligando a guardar silencio a su ayudante, “Marci de Cronland me dio las primeras señales sobre el recorrido del códice. Fernando III, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, e hijo de Fernando II y que a la vez era primo de Rodolfo II…”.
- “¿Pero cómo acabó en manos de Rodolfo II? El protector del gran pintor Giuseppe Arcimboldo…”-.
- “El códice pasó de unas manos a otras entre los miembros del casa Habsburgo. Fernando III fue coronado emperador en 1637, cuando la Guerra de los Treinta Años asolaba Europa. Estoy seguro que Fernando III se lo mostró a su profesor y tutor, Rafael, quien por seguro al estudiar el interior del libro recomendó que lo adquiriesen. Según Marci de Cronland, Rodolfo II pagó unos 600 ducados por él”-.
-“Eso es una fortuna. Podrían ser unos 35 mil dólares de hoy”- aseguró Milo Duke acompañado de un pequeño silbido.
-“Si. Esa cifra se podría acercar. Si ves los precios que los poderosos de la época pagaron por otros famosos códices como el ‘Código de Viena’ o Juliana Anicia, verás que el ‘Códice Cifrado’ era demasiado caro. Por el ‘Código de Viena’ se pagaron tan sólo 100 ducados”-. La conversación fue cortada por un fuerte timbre del teléfono. Aaron descolgó el teléfono y al otro lado de la línea, una voz le informaba que un periodista del Globe, llamado Jack Brown se encontraba esperándole en la recepción. El profesor se sintió molesto por esa intromisión e informó a George, el vigilante, que se lo sacase de encima. –“Haz lo que quieras con él”- dijo Aaron, mientras su ayudante Milo Duke continuaba mirando atentamente el libro.
El profesor Avner volvió a sentarse en la pequeña butaca metálica y acercó una lámpara de tenue luz a la caja que contenía el códice.
-“¿Por qué la biblioteca no ordenó un análisis del carbono 14?, eso tal vez nos sacaría de dudas sobre la datación del códice”- preguntó el ayudante.
-“Sabes que no creo mucho en la tecnología. El carbono 14 en muchos sentidos no es concluyente, según el período que se investigue. Y también depende de que el objeto no haya sido manipulado convenientemente”-.
-“¿A qué se refiere, profesor?- preguntó nuevamente Milo Duke.
-“Por ejemplo, la datación del material básico como la vitela no descartaría la utilización de material antiguo o que se hubiese fabricado con material nuevo. Por ejemplo esto sucedió en el ‘Leccionario del Evangelio, 1328’. Este libro era una recolección de todas las lecciones leídas en la iglesia a lo largo de ese año. Un ciclotrón de rayos X, demostró que el pergamino utilizado era realmente papel revestido de plomo blanco y teñido, para darle el color amarillento clásico. Este tipo de papel, o mejor dicho, falsificación de pergamino, se fabricaba a finales del siglo XIX o a principios del XX. Así se descubrió que el ‘Leccionario del Evangelio’ era falso”-, concluyó el profesor Avner.
-“Leí un estudio reciente en el que se aseguraba que las tintas eran más concluyentes”-.
-“Sí, así es. Las tintas utilizadas pueden revelar la utilización de componentes químicos actuales. En ellas se pueden ver materiales producto de la contaminación. No es lo mismo un manuscrito redactado en Florencia en 1478 o el mismo manuscrito redactado en Florencia en 1978. La polución y la contaminación es diferente y ello quedará reflejado en la tinta utilizada”.

Poco a poco, Aaron Avner y su ayudante comenzaron a abrir la gruesa cubierta de piel de cordero del códice. Mientras iban pasando ante ellos imágenes imposibles de constelaciones difíciles de situar, plantas difíciles de identificar y ninfas o mujeres desnudas bañándose juntas, en pequeñas piscinas interconectadas por conductos, parecidos a tuberías.
Unas horas después y cuando la noche había caído ya sobre New Haven, Duke se despidió del profesor.
-“¿Quiere que le lleve hasta su casa?”- preguntó Milo
-“No, gracias”- dijo el profesor Avner, -“Aún tengo mucho que hacer y debo guardar el códice en la caja fuerte. Gracias de todos modos”.

Tras despedirse de su ayudante, el profesor tomó la caja del códice y se dirigió a la zona de restauración situada una planta más arriba de su despacho. Allí se encaminó a la zona de escáneres. Con sumo cuidado depositó el libro sobre la plancha de cristal frío y comenzó a abrir el ‘Códice Cifrado’ por diversos folios mientras conectaba el escáner. Un pequeño zumbido iba indicando a Aaron que la imagen había sido grabada en un disco duro. Durante horas el único sonido que le acompañó fue el del zumbido de la máquina, que eficientemente iba copiando las imágenes del valioso y misterioso libro. De repente, en un momento que se disponía a cambiar de folio, vio a través del cristal central de la puerta de emergencia una sombra. Alguien había estado vigilándole en la oscuridad. Con temor, se acercó a la puerta y presionó la barra de apertura que daba acceso a la escalera de emergencia. Nadie. No había nadie. “Tal vez ha sido una imaginación mía” pensó antes de regresar hacia donde había estado trabajando.

Tras colocar el libro en la caja fuerte de su despacho, comenzó a hacer copias en papel fotográfico de las imágenes escaneadas. Poco a poco, casi un centenar de imágenes se amontonaban a su lado. A continuación sacó de su maletín ocho sobres con direcciones escritas a mano e introdujo en cada uno de ellos varios ejemplares de las copias de las páginas del ‘Códice Cifrado’. Los sobres amarillos sin ningún tipo de identificación de la Biblioteca Beinecke tenían escritos el nombre de diferentes ciudades del mundo: Staffordshire (Gran Bretaña), Florencia (Italia), Roma (Italia), Bruselas (Bélgica), Drogheda (Irlanda), Amsterdam (Holanda), Fort Meade (Maryland) y Houston (Texas).
Una vez cerrados, los ocho sobres con el nombre de sus destinatarios fueron introducidos nuevamente en la maleta negra. Aaron descolgó el teléfono y marcó el 777-5725. Tras una pausa, una voz femenina al otro lado de la línea respondió:
-“Buenas noches, Federal Express”-, dijo la mujer.
-“Quisiera cierta información”-, dijo pausadamente el profesor Avner. -“Quisiera saber a qué hora es la recogida de los sobres con destinos internacionales”-, preguntó.
-“Tenemos tres recogidas. A las 9 de la mañana, a las 3 de la tarde y a las 12 de la noche”-, respondió la mujer.
-“¿Quiere esto decir que en cuarenta minutos tienen ustedes una recogida?”- volvió a preguntar el bibliotecario.
-“Déjeme mirar el reloj… si, así es”-.
-“Muy bien, muchas gracias”-, dijo el profesor Avner antes de colgar.

El profesor miró su reloj y pensó que aún tenía tiempo de sobra para llegar hasta la oficina de la compañía Fedex, situada en el 55 de Church Street. Recogió pulcramente su mesa, se aseguró nuevamente de dar tres vueltas al disco de seguridad de su caja fuerte, apagó las luces y cerró la puerta de su despacho con llave. Poco después atravesaba el oscuro hall de entrada de la biblioteca hasta el aparcamiento. El silencio fue tan sólo roto por George, el vigilante nocturno.
-“Buenas noches, profesor”-, dijo el guardia de seguridad.
-“Buenas noches, George”- respondió el profesor, pero antes de atravesar las puertas giratorias, Aaron se giró y preguntó: -“Perdone que le pregunte. ¿Hace unos minutos estaba usted haciendo una ronda por la planta de restauración?-
El vigilante sorprendido por la pregunta, respondió:
-“No. Hace unos cuarenta minutos que no me muevo de esta recepción, ni para ir al baño”, dijo, “…y eso que tengo problemas en la próstata. Ya sabe…la edad”
-“¿Sabe si queda alguien trabajando en el edificio a estas horas?”, volvió a preguntar el bibliotecario.
-“No. El último que ha salido ha sido su ayudante, el señor Duke. Y tal vez hace tres horas de ello” dijo el guardia, “¿Por qué lo pregunta?, ¿Ha visto algo sospechoso?”.
-“No, no se preocupe. No será nada” dijo Aaron para tranquilizar al guardia de seguridad. “Buenas noches, George” dijo mientras empujaba la puerta giratoria.
“Buenas noches, profesor”.

Ya en el exterior, Aaron Avner sujetando fuertemente su maletín se dirigió hasta la primera fila de aparcamientos en donde estaba aparcado su viajo Ford. Mientras intentaba abrir la puerta de su coche, un movimiento a su espalda, le alertó. Girándose rápidamente para intentar afrontar al posible ladrón, el profesor Avner temió por el contenido de su maletín.
-“No se asuste, por favor”, dijo el recién llegado, -“Soy Jack Brown. Soy periodista del Boston Globe. He intentado hablar con usted en varias ocasiones, pero me ha estado evitando, así es que he decidido montar guardia aquí fuera hasta que saliese del edificio y la verdad es que prefiero que haya sido a esta hora en la que nadie puede vernos”.
-“Tengo mucho trabajo como para hablar con un periodista”-, respondió de forma agresiva Aaron. Tal vez le molestaba la forma en que el periodista le había abordado.
-“Es muy importante que hable con usted. Tengo una historia que contarle que tal vez le interese, profesor. Tiene relación con un libro que pertenece a su biblioteca” dijo Brown de forma misteriosa.
Sujetando aún el maletín, el profesor Avner supo que su reloj se acercaba a las doce de la noche y debía llegar minutos antes hasta la oficina de Fedex en Church Street, si quería desprenderse cuanto antes de los ocho sobres que llevaba.
-“Siento no poder hablar con usted ahora, pero tengo mucha prisa. Si quiere podemos vernos mañana en mi despacho. Le diré a mi secretaria que le de una cita”, dijo Aaron para intentar sacarse de encima al periodista.
-“Prefiero que nos veamos fuera de la biblioteca. Tiene muchos oídos y no me fío” respondió Brown.
-“Muy bien, veámonos en otro lugar. ¿Conoce el hotel ‘The Historic Mansión Inn’ en el 600 de Chapel Street?” preguntó el profesor.
-“Si. Lo conozco” respondió el periodista.
-“Muy bien, hay un bar inglés en el interior. Nos vemos mañana a las 10. Sea puntual si es que quiere contarme algo”, dijo Aaron. La cara del periodista se iluminó, mientras exclamaba;
-“Ahí estaré. Se lo prometo, profesor Avner. La historia que le voy a contar le va a interesar mucho” dijo el periodista, mientras Aaron estaba ya en el interior de su automóvil dando marcha atrás hacia la salida del parking.

Minutos después de circular por las solitarias calles de New Haven, Aaron se detuvo ante la fachada de una oficina con unas grandes letras, Fedex Courier. Aún seguía recordando las palabras del tal Brown, mientras por el espejo retrovisor de su automóvil miraba el maletín negro situado en el asiento trasero. “Bueno, mañana sabré de que se trata” pensó el profesor mientras saltaba a la calle.
Unas zancadas y abrió la puerta de las oficinas. Al otro lado del mostrador una jovencita de aspecto universitario le dio la bienvenida.
-“¿Cuánto falta para la recogida internacional?” preguntó el profesor.
-“Tan sólo unos minutos” respondió la empleada de Fedex, “la furgoneta viene de nuestra oficina en Whitney Avenue y desde aquí, recoge en la oficina de Orange y sale para el aeropuerto, en donde entrega todas las sacas de paquetes”, explicó detalladamente la joven de Fedex.
-“Bien, si no le importa, voy a enviar estos ocho sobres y me quedaré esperando hasta que los recojan”- dijo el anciano.
-“De acuerdo. Aunque no tenemos sala de espera, puede usted sentarse aquí. Junto a mi” dijo la amable joven sonriendo, -“No creo que a esta hora pase mi supervisor. Si ve que hago esto pueden despedirme”.

Aaron Avner extrajo cuidadosamente los sobres y los depositó sobre el mostrador azul. La joven fue clasificándolos por territorios, países y continentes.
-“Vamos a ver. Uno va a Gran Bretaña, dos a Italia, otro a Bélgica, otro a Irlanda, otro a Holanda y dos se quedan aquí en los Estados Unidos”- enumeró la empleada mientras colocaba de forma ordenada etiquetas con códigos de barras y unos números en la parte baja.
-“¿Desea usted que salgan con la categoría de ‘Urgente’ o ‘Alta prioridad’?, volvió a preguntar la joven.
-“Deseo que lleguen lo más rápido posible a sus destinatarios”- respondió el bibliotecario, mientras la joven colocaba nuevas etiquetas con las palabras ‘Alta prioridad’. Cuando se disponía a colocar la última etiqueta en el octavo sobre amarillo, una voz irrumpió al otro lado del mostrador. -“Buenas noches, Anne” dijo el recién llegado. Era el conductor de recogidas de Fedex. De forma ordenada, el conductor fue apilando todos los paquetes y sacas en el interior de la furgoneta. Segundos después, partía hacia el aeropuerto con los misteriosos sobres.

Ciudad del Vaticano
Sobre las 8 de la noche sonó uno de los teléfonos en la central telefónica de la Santa Sede. La voz de un fraile perteneciente a ‘Los Seis Hermanos de la cofradía de Don Orione’, respondió la llamada. Esta hermandad controlaba la central de comunicaciones telefónicas del Vaticano desde la instalación de la primera centralita por orden del papa León XIII, en 1886.
-“Buenas tardes”- dijo el fraile.
-“Buenas tardes” respondió la misteriosa voz al otro lado de la línea, -“deseo hablar con monseñor Przydatek”.
-“Muy bien, espere un momento por favor” volvió a pedir el religioso.

A muchos cientos de kilómetros de ahí, una sombra aguardaba en una solitaria cabina telefónica situada a las afueras de New Haven, en el estado de Connecticut. La tensa espera fue rota nuevamente por la voz del fraile que dijo:
-“Un momento. Le paso la comunicación con monseñor Przydatek”.
Tres tonos sonaron en el sistema interno telefónico hasta que alguien descolgó el aparato.
-“Fratum nec Fractuem (Favor por Favor)”- dijo la voz del desconocido.
-“Silta nec Silto (Silencio por Silencio)”- respondió el religioso.
-“¿Monseñor Przydatek?
-“Si, soy yo. ¿Qué desea?”- preguntó el alto miembro de la curia.
-“El ‘Códice Cifrado’ ha sido conectado”-, a continuación la persona anónima que había llamado, colgó el auricular.

El religioso cambió la expresión de su rostro al oír el mensaje transmitido desde New Haven. Su experiencia como agente de ‘La Entidad’, el servicio de espionaje del Estado Vaticano, aún no le permitía controlar sus nervios ante este tipo de ‘peligrosas’ noticias. Sin duda debía informar de ello cuanto antes a su jefe, el todopoderoso cardenal August Lienart, responsable de los servicios de espionaje y contraespionaje papales.
Vaclav Przydatek, secretario de Su Eminencia, se había convertido en una pieza importante dentro del aparato de poder creado por el propio cardenal Lienart, a quien muchos miembros del colegio cardenalicio calificaban con el apodo del ‘Papa en las Sombras’. Przydatek entró a trabajar en los servicios de espionaje cuando Lienart era tan sólo el jefe del Sodalitium Pianum (La Sociedad de Pío), el contraespionaje pontificio y él, un simple sacerdote recién salido del seminario y con deseos de ganar puntos en la engrasada maquinaria de la Curia.
Poco a poco, el jesuita polaco comenzó a escalar posiciones a base de sus pocos escrúpulos y Lienart sabía como utilizarlos. Por ejemplo, el ahora secretario privado del cardenal August Lienart, había actuado como enlace entre su jefe y varios banqueros cercanos al Vaticano, que invertían ingentes cantidades de dinero sucio de la mafia, perteneciente a la familia Colombo. En otra ocasión Vaclav Przydatek transportó dos maletas con nueve millones y medio de dólares en su interior, desde la Banca Católica del Véneto a la sede de los servicios de espionaje en el Vaticano; también participaría en los asesinatos de un fiscal especial que se disponía a investigar las relaciones de Lienart con diferentes bancos y de dos investigadores especiales, el superintendente de las fuerzas policiales en Palermo y el jefe de seguridad de Roma.
El fiscal fue asesinado a tiros en el portal de su casa por un asesino profesional, cuya descripción dada por los testigos se asemejaba mucho a Przydatek. Un hombre alto, de complexión fuerte, de pelo castaño, con una cicatriz en su mano izquierda y que había sido visto en los alrededores de la residencia particular del fiscal desde semanas antes. La cicatriz era un accidente de caza sufrido en su Polonia natal.

Dos días después sería ametrallado en un semáforo el jefe de seguridad de Roma, el teniente coronel Giorgio Amico. Raffaelle Giuliano, superintendente de las fuerzas policiales en Palermo, caería un mes después cuando se dirigía a la caja de un bar para abonar su consumición. Un hombre alto, de complexión fuerte y de pelo castaño se le acercó por la espalda y le disparó en la nuca. Curiosamente la policía italiana descubrió en los tres cadáveres, un círculo con un octógono dibujado en su interior, con el nombre de Jesucristo escrito en cada uno de sus lados y con un lema escrito en latín, ‘Dispuesto al dolor por el tormento, en nombre de Dios’, el mismo símbolo que portaba el sacerdote jesuita Jean-François de Ravaillac cuando por orden del papa Pablo V, apuñaló hasta la muerte al rey Enrique IV de Francia en la mañana del 14 de mayo de 1610.

El jesuita Przydatek era un honorable descendiente del jesuita Ravaillac, en su honesta labor de defender a la Iglesia y a sus altos representantes, el Papa y los miembros del colegio cardenalicio de sus enemigos, allá donde se encontrasen. La policía de Francia, descubrió entonces que Ravaillac había formado parte de un extraño grupo místico-católico llamado el ‘Círculo Octogonus’ o también conocido como el ‘Círculo de los 8’. Sus miembros eran ocho fanáticos sacerdotes católicos con obediencia ciega al Sumo Pontífice de Roma, con preparación militar y en particular en el uso de armas especiales, y dispuestos a dar su vida en nombre de la verdadera religión. Para monseñor Vaclav Przydatek, el ‘Círculo Octogonus’ era su única Fe de vida ante Dios, nuestro Señor y sus oscuras y secretas normas, su único mandamiento.

Tal y como siglos antes hicieran los ocho religiosos, el ahora obispo Przydatek, había jurado ‘lealtad y honor, por la verdadera Fe’ arrodillado ante la tumba del primer Papa, San Pedro.
Con ocho cirios ardientes como única iluminación, cada miembro del Octogonus, se postraba ante la tumba de Pedro y juraba guardar silencio, sobre las decisiones marcadas por el Gran Maestre del Círculo; acatar todas las decisiones del ‘Círculo Octogonus’ sin poner en duda la fe de Cristo, nuestro Señor; salvaguardar al Sumo Pontífice reinante de las decisiones adoptadas en los consejos del ‘Círculo Octogonus’; y morir, si fuera necesario, para salvaguardar la identidad del Gran Maestro, del resto de los miembros del círculo, sus decisiones u objetivos. Al final de la ceremonia, el nuevo miembro del ‘Círculo Octogonus’ se levantaba tras pronunciar las palabras: “Que Dios y nuestros santos, me ayuden en esta labor. Juro” y de un soplido, apagaba uno de los ocho cirios. Monseñor Vaclav Przydatek aún recordaba aquella noche de diciembre cuando fue llamado para prestar juramento. Desde hacía más de veinte años, que guardaba los secretos del misterioso círculo.
Sus años como religioso y como miembro de la Entidad, a las órdenes de Su Eminencia, el cardenal August Lienart, le había ganado la confianza de los poderosos de la Curia y los honores papales, mediante ascensos hasta llegar a portar el hábito morado episcopal. El religioso se había hecho con una buena cartera de relaciones y apoyos en su cada vez más ascendente carrera debido a importantes favores realizados a otros altos miembros de la Curia durante su etapa en el contraespionaje. Dos de sus más importantes apoyos políticos los había conseguido Przydatek gracias a su sacro silencio durante el caso de un cardenal que vendía de forma ilegal títulos de la Orden de Malta o en el caso de otro cardenal acusado de haber dejado embarazada a una mujer de la alta sociedad de Boston. El agente jesuita polaco descubrió los dos casos y, en lugar de denunciarlos ante el Tribunal de la Curia, prefirió guardar silencio y utilizar a ambos cardenales como fiel apoyo a su propia causa.
Recuperándose de sus pensamientos, el religioso levantó el teléfono y pidió hablar con el número privado del cardenal Lienart. El fraile que se encontraba de guardia en la central telefónica del Palacio Apostólico pasó la llamada:
-“¿Es segura la línea?”- preguntó el cardenal Lienart.
-“Si, Eminencia. He conectado la línea al sistema de seguridad”, respondió Przydatek.
-“Bien, dígame. Me ha sacado de una recepción en la embajada de Colombia. ¿Qué pasa?”-.
-“Eminencia, hemos recibido una comunicación, a las 8 de la noche hora Vaticano, 2 de la mañana hora Costa Este. Nuestro informante nos ha comunicado que el ‘Códice Cifrado’ ha sido conectado” respondió lacónico el religioso.
-“Bien. Mañana le daré instrucciones al respecto. Ahora debo regresar a la recepción del embajador de Colombia. No haga nada, ni adopte ninguna decisión hasta que no mantengamos esa reunión. Le espero mañana a las 11 de la mañana”- dijo Lienart.
-“¿No podríamos reunirnos antes, Eminencia?”- volvió a insistir Przydatek.
-“No, antes debo ver al Secretario de Estado, el cardenal Newton Metz. Después nos veremos nosotros en mi despacho. De cualquier forma consulte antes mi agenda con Sor Ernestina”- dijo relajadamente el jefe de los servicios de inteligencia vaticanos. Antes de colgar el aparato, Lienart dijo a su secretario, -“Recuerde fiel Przydatek: ha llegado la hora de juzgar a los muertos y recompensar a los profetas”. Segundos después, el cardenal August Lienart colgó el auricular y regresó al bullicio diplomático en la legación sudamericana.