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LA CONJURA
Editorial Espasa
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…A UNA OBRA EN NUEVE ACTOS

“No puede un señor prudente - ni debe- guardar fidelidad a su palabra cuando tal fidelidad se vuelve en contra suya y han desaparecido los motivos que determinaron su promesa. Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería correcto, pero- puesto que son malos y no te guardarían a ti su palabra- tú tampoco tienes por que guardarles la tuya”.
 ‘El Príncipe’ de Maquiavelo.

Mientras Angelo Poliziano calificaba en su ‘Coniurationes commentarium’ el motivo de la conjura como una cuestión personal, el historiador veneciano Giovanni Michele Bruto calificó, a mediados del siglo XVI, el motivo de la conjura contra los Medici más como una cuestión política que como una cuestión personal. Puede que los dos tuvieran razón, porque así se actuaba en la Florencia del Renacimiento.

El historiador Christopher Hibbert ha sido tal vez el que mejor ha retratado la historia de esta ciudad en su magnífica obra, ‘Florence. The Biography of a City’. En su libro, Hibbert hace un perfecto retrato de Florencia y los florentinos desde el año 59 a.C. a 1992, y enfoca a la perfección los acontecimientos que no sólo han conformado la idiosincrasia de la ciudad desde el punto de vista social, sino también como cicatrices que han formado el retrato de Florencia. Lo que el historiador británico demuestra es que las continuas luchas que se provocaron a nivel civil dentro de la República de Florencia provocaron reacciones en cadena que afectaron a los mismos florentinos y a sus movimientos sociales, casi como auténticos movimientos sísmicos.

De origen etrusco, su nombre data de la época romana y significa “la destinada a florecer” por su posición geográfica en la región de la Toscana. El primer gran seísmo se provocó en el oscuro siglo XI, cuando la comunidad florentina se dividió en dos facciones: Los Gibelinos, partidarios del Emperador, y los Güelfos, seguidores del Papa y de Roma. Dos siglos más tarde, Florencia y los florentinos volvieron a separarse en dos facciones: ‘Neri’ y ‘Bianchi’, tomando el poder los primeros con el apoyo del pontífice y enviando al exilio a los segundos en el año del Señor de 1303. Entre estos últimos se encontraba Dante Alighieri, auténtico codificador de la lengua italiana y autor de una de las más grandes epopeyas de la historia de la literatura: ‘La Divina Comedia’.

Durante la baja Edad Media, Florencia experimentó un gran auge económico y la llegada del Renacimiento se produjo una de las mayores explosiones artísticas de toda la historia del mundo. Pensadores como Maquiavelo o Poliziano, pintores como Leonardo da Vinci o Miguel Ángel, o arquitectos como Brunelleschi desarrollaron la máxima expresión de su arte bajo la atenta vigilancia y protección de la dinastía Medici. Antigua familia de orígenes agrícolas toscanos, en poco tiempo pasaron a convertirse en simples prestamistas, poco después en respetados banqueros y unos años más tarde en los amos y señores de la república.  

Durante la primera década del siglo XV, la República de Florencia, el poder se ejercía en las casas de las nobles familias patricias y no en sus palacios de gobierno. En 1435, Cosimo de Medici, abuelo de Lorenzo el Magnífico, a quien se conoce como el ‘Viejo’ o ‘Pater Patriae’, expandió su poder económico con el único fin de hacerse, o mejor dicho comprar, el control de las estructuras políticas de Florencia. Aquel simple acto significaría el punto de partida de una dinastía que regiría no solo los destinos de Florencia y los florentinos sino también convertiría a los Medici, en una de las familias más influyentes de la historia de Italia y de toda Europa. Desde aquel año, los Medici rigieron e influenciaron la política de los estados italianos durante casi tres siglos a través de intrigas, política, finanzas y asesinatos al más puro estilo renacentista.

Un simple préstamo sería realmente el núcleo del poder Medici. El hábil Cosimo autorizó el préstamo de cien ducados a un sencillo monje que con nada podía avalar, semejante crédito. Aquel crédito dio rápidamente sus beneficios debido a que a aquel monje nacido en Sarzara, llamado Tommaso Parentucelli lo elegirían Sumo Pontífice, el 6 de marzo de 1447. El sencillo monje adoptaría el nombre de Nicolás V y Cosimo de Medici, nombrado banquero pontificio y su Banca Medici, en banco oficial de la Santa Sede.

Esta familia odiada, atacada y vilipendiada por muchos y vanagloriada, ensalzada y alabada por otros, dio un genio a la poesía, a la política y a la diplomacia; tres Sumos Pontífices a la Iglesia Católica; dos reinas a Francia; varios cardenales y héroes y príncipes a la gran historia de la Toscana y de Italia.

El Renacimiento, una de las más brillantes etapas de la civilización occidental, se puede personificar, por lo menos durante poco más de cincuenta años, en tres importantes personajes Medici: Cosimo el Viejo, abuelo de Lorenzo; el propio Lorenzo el Magnífico; y el papa León X, hijo del Magnífico.

Gracias a sus orígenes humildes, los Medici se apoyaron en el pueblo para afianzar lentamente los pilares de su poder.

Partidarios de una buena paz  para poder hacer rentables negocios, aliados de los Sforza de Milán, banqueros al servicio de la Santa Sede, de los reyes de Francia e Inglaterra y del Ducado de Borgoña, los Medici realizaron fructíferas operaciones financieras. Piero de Medici, padre de Lorenzo, se asoció con el Papa para explotar el monopolio del alumbre, creado por Pío II a beneficio de una eventual financiación de las cruzadas contra el turco. Los Medici vendían tejidos y orfebrería a las cortes de Europa, que recurrían para ello a los créditos concedidos por la propia Banca Medici; organizaron servicios de transporte regulares con destino a Brujas, Constantinopla y Rodas.

También, la familia Medici adoptó un estructura empresarial digna de nuestros días, repartiendo sus diferentes actividades en filiales, sedes y sucursales jurídicamente independientes de la central de Florencia. Cosimo, primero y Piero y Lorenzo después, invirtieron grandes sumas de dinero en  el Monte dei Dotti, el órgano que tenía a su cargo los empréstitos de los negocios florentinos. Los enormes beneficios de sus negocios fueron dirigidos a la construcción de inmensos palacios y elegantes villas campestres y que aún hoy pueden admirarse como joyas de la arquitectura renacentista.

Seguidores de Platón, coleccionistas de manuscritos y libros antiguos, y amantes del arte, su fortuna les permitió ejercer como mecenas. Fundaron la Academia Platónica de Florencia, cuya dirección fue confiada a Marcilo Ficino; convirtieron a Florencia en la capital del humanismo; colaboraron en la terminación de obras maestras, como el Duomo de Santa Maria del Fiore con sus famosas cúpulas de Brunelleschi o las puertas del Baptisterio; y financiaron proyectos de artistas como Donatello, Botticelli, Miguel Ángel, Fra Angélico o Michelozzo, que construyó para Cosimo de Medici, el Palacio de Vía Larga y la biblioteca de San Marcos.

Varios historiadores especialistas en el Renacimiento y en la familia Medici, como el propio Christopher Hibbert, anteriormente citado, Raymond de Roover, Eugenio Pucci, Lauro Martines, J.R.Hale, Miriam Greenblatt, o Angelo Fabroni por citar algunos, coinciden en señalar que la maravillosa plenitud del Renacimiento florentino, que después fue Renacimiento italiano y más tarde Renacimiento europeo, tuvo en Lorenzo de Medici el ‘Magnífico’ o el ‘Gran Maestro’, su mayor protagonista, o mejor aún, su más poderoso motor.

A pesar de que murió a los cuarenta y tres años, su nombre, su obra, su influencia y su persona, llenaron un capítulo muy importante de la historia de Italia, no sólo política o económica, sino también intelectual y cultural. Manipuló las instituciones republicanas para ganar control político, manejó los resortes del poder económico para así poder estrangular financieramente a sus oponentes y sin duda, a través de la extorsión, el asesinato y el exilio como armas acabó con cualquier sombra de oposición a sus deseos y designios, al más puro estilo mafioso.

La repentina muerte de Lorenzo de Medici, sumió a Florencia y a los estados italianos en el luto, pero también rompió el endeble equilibrio político logrado por su paciente y hábil diplomacia del Magnífico. Las tropas del rey Carlos VIII de Francia cruzaron los Alpes y arrastraron a Piero de Lorenzo, primogénito y sucesor del Magnífico, a ceder cuatro importantes y estratégicos bastiones toscanos. Los florentinos se enfurecieron con este signo de debilidad de un Medici, un florentino y un descendiente del Gran Maestro y tras diversos disturbios y asesinatos de funcionarios pro-Medici, expulsaron a Piero de la ciudad la noche del 9 de noviembre de 1494 a donde no regresaría jamás. Piero encontraría la muerte, en el año de 1503, a la edad de 31 años.

Tal vez el escritor que mejor ha sabido definir el poder de Lorenzo el Magnífico haya sido el gran filósofo Giovanni Papini, en su brillante discurso para la inauguración de la ‘Exposición Medicea’ de Florencia de 1939. Papini definió el gobierno de Lorenzo con tres palabras: Liberalismo, Sustancialidad y Unidad.

Según el historiador, los usurpadores ambiciosos como Lorenzo de Medici, y que tendían a dominar Florencia políticamente, solían iniciarse en camarillas de magnates y nobles y en tumultos armados. Los Medici, en cambio, se apoyaron siempre en otras fuerzas: en el pueblo pequeño o popolo minuto, en la plebe y en los intelectuales, ya fueran eruditos o artistas.

Ayudaron generosamente, con dinero y protección, a aquellas clases que, más que cualquier otra, tenían necesidad de ser ayudadas: los trabajadores, los humildes, los pobres y los hombres de ingenio, de los que en primer lugar dependía la influencia y la fama. Es decir, fueron inteligentemente liberales ejerciendo como  benefactores del popolo minuto y mecenas de los artistas.

“Rodeados por el reconocimiento del pueblo y por el resplandor del arte, no tenían necesidad de gobernar para ser obedecidos, ni de ser coronados para reinar. Y cuán profundo era el amor del pueblo por los Médicis se vio en 1434, por la llamada de Cosimo; en 1478, después de la ‘Conjura de los Pazzi’; en 1512, por el retorno de la familia a Florencia; en 1537, después de la muerte de Alessandro. Favor nacido de la liberalidad, pero de una libertad justa y sabia: liberalidad por el necesitado y por el genio; liberalidad que hizo a Florencia menos infeliz y más bella” escribe Papini.

El segundo principio o pilar del poder Medici, que es definido por Papini como ‘Sustancialidad’, no es menos importante. Los Medici no se habían propuesto nunca claramente, hasta Cosimo y Lorenzo, apoderarse del control de la República, pero tuvieron que convencerse, en un determinado momento, de que la envidia de otras nobles familias los hubiese despojado y expulsado, de manera que llegaron a la conclusión de que para permanecer en su patria de patricios ricos y respetados, era preciso y necesario convertirse en los dueños y amos de Florencia, como así hicieron. Durante décadas manejaron el poder en la sombra, de forma invisible al ojo público y silencioso a los oídos de los florentinos. “Quisieron la sustancia del poder más que la apariencia, y fue discreción política, pero acaso también nostalgia de la antigua humildad popular y cristiana” asegura Giovanni Papini.

El tercer y más poderoso pilar del poder Medici es el de la unidad y que marca el equilibrio en el control de ese mismo poder. Florencia, como estado y república,  estaba revuelta y herida por facciones claramente beligerantes, pero las poderosas manos de Cosimo de Medici, Piero de Medici y Lorenzo de Medici la condujeron  a la unidad de sus ciudadanos y a una paz, más o menos estable.

“En Lorenzo el Magnífico no sólo fue admirable su genio del equilibrio entre las potencias italianas, que valió a su patria una larga paz, sino también su equilibrio entre la práctica de la fe y la pasión del arte, entre los derechos del alma y las necesidades de la carne, entre los caprichos del poeta y los deberes del príncipe. Y semejante disposición para el arte del equilibrio se manifestó admirablemente en la más famosa mujer de los Médicis, Catalina de Francia, que supo salvar, con su florentina y ‘medicea’ prudencia, la unidad del reino en uno de los momentos más turbios y turbulentos de su historia, amenazado por las ambiciones de los grandes feudales contra la monarquía y por el odio entre reformados y católicos” escribe el brillante historiador Papini en su discurso de 1939.

De lo que no cabe la menor duda y que también es realmente cierto, es que Lorenzo de Medici y su familia corrompieron durante años, políticamente hablando, a Florencia, la república, los ideales republicanos y a sus órganos de gobierno. Pero también es bien cierto de que Lorenzo y su familia eran un producto de su tiempo que supieron aprovecharse de los cambios que iban produciéndose en Florencia. Desprestigiada la Signoria de Gualterio de Brienne y fracasada la ‘Revuelta de los Ciompi’, la ciudad cayó en manos de las nobles familias que se disputaban la supremacía política y el control económico a través de la hacienda pública y sus impuestos.  Estas familias, los Medici o los Pazzi, estaban más preocupadas de absorber el mayor poder que de preocuparse de las verdaderas libertades del pueblo.

Los Pazzi, Albizi y Strozzi intentaron apuntalar un poder que sólo los Medici consiguieron y cuando éstos se convirtieron en señores y luego en duques, la libertad hacía tiempo que había dejado de existir en Florencia y entre los florentinos. La Florencia del siglo XV, escenario de ‘la Conjura’, era tan rica en vicios como pobre en moral, así como las nobles familias, los funcionarios y los líderes políticos y judiciales.

Hoy en el siglo XXI, seis siglos después de la ‘Conjura de los Pazzi’, el apellido Medici es tan sólo un capítulo más en la rica historia de la República Italiana; una reseña importante para cualquier visitante que llegue a Florencia y pise el mismo suelo de la catedral en donde cayó asesinado Giuliano de Medici un oscuro día de abril de 1478 o que pasee por la Plaza de la Señoría y divise el imponente Palazzo Vecchio, en donde los conjurados fueron ahorcados desde sus ventanas.

Giovanni Papini resalta en su discurso pronunciado hace ahora sesenta y siete años: -“Todo ha pasado y desaparecido en torno a ellos: el sonido de sus batallas, la belleza de sus mujeres, la música de sus fiestas, el adulatorio incienso de los cortesanos e incluso la venenosa injusticia de los parciales. Pero sólo una gloria ha permanecido ligada a su nombre y hace que no todos sus muertos estén verdaderamente muertos: la pasión de todos los Médicis, incluso de los peores, por la filosofía y por la poesía, por todo arte y por la ciencia, por todo lo que constituye la más alta actividad y la más segura honra de espíritu, el mayor y el más duradero orgullo del género humano. Los Medici amaron la belleza y el genio, y porque amaron estas grandes cosas, con el alma y con los hechos, merecen se les perdone mucho, hasta el bien que podían hacer y no siempre hicieron. Intercedieron en su favor los más portentosos artífices y creadores de Italia, desde Donatello a Vasari, desde Botticelli a Bronzino, y Buonarroti niño y Buonarroti viejo; y los pensadores más profundos, de Marsilio Ficino a Maquiavelo; y los más dulces poetas, de Poliziano a Tasso; y los científicos más audaces y artistas, de Galileo a Redi. Y todavía viven en nuestra memoria la Academia Platónica y la Academia del Cimento, y todavía brillan ante nuestros ojos los innumerables edificios, iglesias y palacios, conventos y fortalezas, villas y jardines que, por voluntad y pasión de los Medici, embellecieron todo rincón de la Toscana y de la misma Roma. La gloria de la estirpe está ligada ya, y para siempre, a la de la civilización italiana, y no se extinguirá nunca mientras este pueblo divino sepa honrar la belleza del sueño y la grandeza de la realidad que Lorenzo de Medici supo crear, mantener y administrar”.

La ‘Conjura de los Pazzi’, el 26 de abril de 1478, pudo provocar un cambio en todo esto, pero como en todas las sangrientas historias del Renacimiento italiano, incluso Lorenzo el Magnífico se benefició de todo ello para honor y gloria de unos pocos, los propios Medici. Este libro relata los sucesos acaecidos esos turbulentos años, anteriores y posteriores, a la conjura.

Tan sólo pedirles con la humildad del escritor, tal y como hizo Papini, sesenta y siete años antes que yo, que por lo que “los Medici amaron la belleza y el genio, y porque amaron estas grandes cosas, con el alma y con los hechos, merecen se les perdone mucho, hasta el bien que podían hacer y no siempre hicieron".