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GUÍA DE LAS ORGANIZACIONES INTERNACIONALES
Editorial Complutense
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Por FELIPE GONZÁLEZ, Ex-Presidente del Gobierno

Hace unas cuantas décadas, un gobernante o un hombre político - no digamos un ciudadano de a pie - podía arreglárselas perfectamente y hasta seguir los asuntos del mundo sin ser un gran conocedor de los organismos internacionales. Todavía recuerdo el asombro con el que, hace ya bastantes años, leía el pasaje del diario de Azaña en que éste se sorprendía de que Lerroux, a la sazón ministro de Estado, se desplazase - en tren, claro - a Ginebra para participar en una reunión del Consejo de la Sociedad de Naciones. A Azaña, que sin embargo conocía bien la política europea, eso le parecía que era casi perder el tiempo.

Hoy en día a nadie con un poco de cabeza se le ocurriría semejante reflexión, aunque todavía hay algún comentarista ignorante que critica que el jefe del Gobierno español acuda con frecuencia a reuniones de alto nivel, sean de la Unión Europea, la Alianza Atlántica, las Naciones Unidas o de cualquier otra organización internacional importante. Lo que ha cambiado radicalmente en este último medio siglo es que si en tiempos de Lerroux lo que se discutía - con mayor o menor acierto - en la Sociedad de las Naciones eran asuntos de guerra y paz, cuestiones de política internacional en el sentido tradicional, ahora en sitios como la Unión Europea se tratan, además, cuestiones que afectan directamente al bienestar y la seguridad de los ciudadanos en cada uno de los países miembros. Dicho de otro modo, la frontera entre lo interno y lo internacional se hace cada vez más borrosa, especialmente en la actividad de los organismos supranacionales, y la esfera de acción política se despliega indistintamente en uno u otro ámbito. Esto lo sabemos bien los españoles, que hemos pasado en poco más de veinte años de una situación de relativo apartamiento de los asuntos internacionales - por obra y gracia de un régimen autoritario que era mantenido al margen de numerosos foros de países democráticos - a una participación plena y activa en las organizaciones internacionales, tanto europeas y atlánticas, como de alcance universal. Tanto es así que algún avisado observador de las relaciones internacionales ha señalado no hace mucho, desde su atalaya neoyorquina, que "España, en los últimos veinte años, ha pasado de ser un paria internacional a constituirse en un actor destacado en la escena europea y mundial".

Para una potencia media como España, el terreno más propicio para desplegar sus capacidades de acción exterior y defender sus intereses como nación y los de sus ciudadanos y sus empresas es precisamente el de las organizaciones internacionales, tanto en el ámbito regional como en el universal. No somos, ni aspiramos a ser, una gran potencia, y por eso no podemos pretender el impulsar y proteger nuestros intereses nosotros solos: hemos de actuar junto con otros, y preferentemente en un marco previsible, con reglas de juego fijadas de antemano y con órganos e instituciones en que cada uno tenga su voz y su voto, acorde con su peso y su contribución al acervo común.

Esa es la razón por la que la más reciente apertura de España al mundo exterior ha tenido como escenario privilegiado las organizaciones internacionales de todo tipo. En pocos años, España ha ingresado en organizaciones clave como la Comunidad Europea o la Alianza Atlántica, desplegando una actividad destacada en ambas; ha contribuido a crear desde el principio otras entidades, como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, y ha llegado a desempeñar responsabilidades importantes en instituciones de la trascendencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Ese compromiso activo de España con las organizaciones internacionales que trabajan por un mayor bienestar y seguridad de todos, sea en nuestro entorno europeo y atlántico, sea en el ámbito universal, ha sido reconocido por nuestros socios en las distintas instituciones que compartimos. No en vano se da la circunstancia - objeto ya de envidia por más de un país, incluso de mayores dimensiones que el nuestro - de que un número elevado de españoles, sean políticos, diplomáticos o expertos en diversos campos, hayan alcanzado las más altas responsabilidades de dirección y gestión en varias organizaciones internacionales, por elección democrática o por designación mediante el consenso general. Españoles como Javier Solana (OTAN), Manuel Marín (vicepresidente de la Comisión Europea), Marcelino Oreja (primero en el Consejo de Europa, luego en la Comisión Europea), Federico Mayor Zaragoza (UNESCO), Carlos Westendorp (representante internacional en Bosnia-Herzegovina), Miguel Ángel Martínez (presidente de la Unión Interparlamentaria), Miguel Ángel Moratinos (representante de la Unión Europea para Oriente Medio), se han ganado a pulso un sólido prestigio en el mundo internacional con su labor al frente de sus respectivas organizaciones y con ello también han prestado un gran servicio a España.

Esta destacada presencia de España en el ámbito internacional no se limita a las organizaciones llamadas intergubernamentales, compuestas por Estados, sino que también alcanza a ese mundo en floración cada vez más acelerada que es el compuesto por las organizaciones no gubernamentales, expresión del compromiso activo de los ciudadanos con las tareas de la cooperación y solidaridad entre los pueblos y que poco a poco va configurando una auténtica sociedad civil internacional. Como en tantas otras cosas, debido al aislamiento impuesto por el franquismo, los españoles sólo pudieron sumarse con cierto retraso a ese movimiento de participación ciudadana en el plano internacional; pero cuando pudieron hacerlo lo han hecho con un entusiasmo que ha dejado atrás a otros países de mayor tamaño o con mayor tradición en estas lides. Así, según datos recientes (1994), España se encuentra en séptimo lugar entre los países del mundo en cuanto a participación en ONG's de ámbito internacional, por delante de países como Estados unidos, Suecia o Canadá. Igualmente en este campo esa amplia participación ha venido acompañada de puestos de relevancia en diversas entidades de alcance internacional, como lo muestran los casos de Juan Antonio Samaranch (Comité Olímpico Internacional), y de Ricardo Díez-Hochleitner (Club de Roma).

Obviamente para conocer mejor y sacar todo su partido a cuanto tienen que ofrecer los organismos internacionales, públicos y privados, es necesario abrirse paso entre la jungla de siglas que resumen sus nombres y penetrar en las funciones y actividades que se ocultan tras ellas. Eso no es tarea fácil, y hay que reconocer que demasiadas veces los creadores de las distintas organizaciones parece que se hayan empeñado en complicarle la vida al observador exterior que se acerque con curiosidad a este mundo tan peculiar. Puedo certificar que he conocido a jefes de Estado o de Gobierno - por no hablar de periodistas, o incluso profesores - que no acertaban a ver la diferencia entre el Consejo de Europa (organización paneuropea, basada en Estrasburgo) y el Consejo Europeo (órgano supremo de la Unión Europea) o que confundían el Consejo Económico y Social (de las Naciones Unidas) con el Comité Económico y Social (de la Comunidad Europea). La verdad es que no siempre se les puede culpar por ello, tan numerosas son hoy en día las organizaciones internacionales y tan similares son muchas veces sus designaciones o sus competencias.

Por eso hay que agradecer a Eric Frattini que con este libro proporcione a las personas interesadas un manual para guiarse por ese mundo complicado y en constante transformación. No es, ni pretende ser, exhaustivo, porque ello exigiría más que un libro, una enciclopedia; pero sí representa una útil aproximación a lo que son y representan algunas - las más relevantes - de las organizaciones, instituciones y entidades que configuran el mundo internacional y que contribuyen cada día a hacer de este planeta algo más habitable.