La Mafia descubrió América en las últimas décadas del siglo XIX cuando los mafiosos que se unieron a las olas de inmigración italiana de aquellos años encontraron enormes oportunidades para sus tradicionales ocupaciones.
El diccionario enciclopédico Larousse define la palabra Mafia como -“Red de asociaciones secretas sicilianas dispuestas a tomarse la justicia por su mano y a impedir el ejercicio de la justicia oficial por medio de un silencio concertado. 2. Cualquier organización clandestina de criminales. 3. Grupo secreto de personas que se apoyan entre sí por defender sus intereses”-, pero las autoridades norteamericanas no sabían con lo que iban a enfrentarse. Su Gobierno, sus leyes, sus tribunales o sus fuerzas policiales no estaban preparadas para combatir en una guerra que iba a desatarse y que duraría poco más de un siglo con miles de muertos, victimas de cientos de pequeñas batallas que se desarrollarían en oscuros callejones, bares o casinos.
La inmigración italiana en los Estados Unidos había ejercido una gran influencia a nivel económico, político, cultural, pero también dentro del oscuro mundo del crimen. En la década de los noventa, los censos demostraban que casi doce millones de sus habitantes eran descendientes de italianos, o lo que es lo mismo, uno de cada veinte norteamericanos. Tan sólo entre 1820 y 1880, se calcula que llegaron a los costas de los Estados Unidos cerca de cinco millones de italianos, pero el mayor flujo de éstos se sucedería entre 1880 y 1914.
La Primera Guerra Mundial arrastró a casi cuatro millones de italianos más a la tierra prometida, a una nueva tierra de oportunidades para aquellos que buscaban algo mejor mediante el trabajo duro, pero también arrastró a un gran número de delincuentes que vieron en los Estados Unidos un nuevo mundo de oportunidades para ejercitar la extorsión, el robo y el asesinato.
Curiosamente y en contra de lo que se cree, los primeros flujos de inmigración italiana hacia los Estados Unidos procedieron del norte de Italia. La fiebre del oro desatada en 1848 hizo al Nuevo Mundo más atractivo para todos aquellos que buscaban una oportunidad para salir de la pobreza. Gran parte de las primeras olas migratorias se dirigieron hacia Brasil y Argentina, pero las epidemias de fiebre amarilla que acabaron con la vida de casi nueve mil inmigrantes italianos, hicieron que el gobierno disuadiese a sus ciudadanos para viajar a otros países.
California fue el primer destino donde establecería la primera sociedad italiana, en el Valle de Sonoma, pero rápidamente Nueva York desplazó a esta en número de inmigrantes que llegaron a sus muelles. En 1910 se calcula que vivían en Nueva York cerca de 350.000 italianos. Boston, Chicago, Nueva Orleáns y Filadelfia contaban con comunidades cercanas a los 50.000 italianos cada una. Por este motivo estas cinco ciudades fueron las primeras que notaron la criminalidad de bandas mafiosas contra sus propios compatriotas. Poco después, también Pensilvania y Nueva Jersey recibían a un gran número de inmigrantes procedentes de Italia.
Las tres cuartas partes de los flujos migratorios se concentraron en ciudades portuarias como Nueva York, donde se crearon “Pequeñas Italias”, guetos en los que uno podía encontrarse con paesani, gente de su mismo pueblo o ciudad; o comprar cualquier producto típico del país de origen. Allí sólo se hablaba el dialeto de ciudades como Nápoles, Molise, Puglia, Calabria, Cerdeña o Sicilia, y donde la única ley imperante era la de aquellas organizaciones mafiosas que habían trasladado sus zonas de control desde los barrios de Castellammare del Golfo, Corleone o Catania a los barrios de Brooklyn, Queens o el Harlem italiano.
Las nuevas organizaciones criminales que imponían su particular ley a sangre y fuego en los barrios italianos se hicieron fuertes en un principio gracias a la popularidad y la leyenda que rodeaban a algunas de estás bandas criminales entre los núcleos de inmigrantes con escasa cultura y que procedían la mayor parte de zonas rurales del sur de Italia.
El origen de la palabra Mafia, estaba envuelta en esa especie de leyenda, que a veces ha sido utilizada en beneficio de la propia organización criminal. Algunos estudiosos, aunque sin concretar sus fuentes, datan el origen de la primera organización mafiosa en el siglo XVI. En esa época aparecieron en Italia pequeños grupos organizados conocidos como los “Protectores” que imponían su favor a ricos comerciantes y terratenientes a cambio de fuertes sumas de dinero. Si estos no accedían a pagar la protección, algún familiar era asesinado o sus campos quemados.
A finales del siglo XVIII principios del XIX, Sicilia se había convertido en una región sin ley, en parte como consecuencia de las campañas contra los ejércitos napoleónicos que libraban un gran número de fuerzas del orden. Durante este periodo, las bandas de mafiosos se hicieron fuertes en zonas rurales imponiendo su ley y sus impuestos a los ciudadanos de la isla. Según la leyenda, es en esta época cuando surge la palabra Mafia.
Una de esas leyendas cuenta que una joven siciliana a punto de contraer matrimonio fue violada por soldados franceses. Para lavar tal afrenta, un gran grupo de sicilianos se levantó en armas contra los soldados de Napoleón Bonaparte, al grito de “Morte A la Francia, Italia Anela” y cuyas siglas formaban la palabra, Mafia.
La segunda versión, relata el mismo acto contra la joven siciliana, sólo que ésta cuenta que la madre, al enterarse de la violación sufrida por su hija, salió a las calles de Sicilia gritando “ma fia, ma fia” (mi hija, mi hija) en el dialecto del lugar, lo que provocó el levantamiento en armas de los sicilianos contra los franceses en una especie de vendetta sangrienta.
En la mitad del siglo XIX gran parte de los “Protectores” se unieron a los “Carbonari” una especie de sociedad secreta de liberación que luchaba bajo el mando de Giuseppe Garibaldi contra el poder de los Borbones que gobernaban junto con Nápoles, en el llamado reino de las Dos Sicilias desde 1738. Este grupo llevó la iniciativa en la campaña garibaldina que consiguió la liberación de Sicilia en 1860 del yugo impuesto por Francisco I de Borbón, convirtiendo de esta forma a la Mafia en una organización con una leyenda que no olvidarían los miles de inmigrantes que se hacinaban en los barcos que partían de los puertos italianos rumbo al nuevo mundo.
A principios del siglo XX y debido al aumento de los índices de criminalidad en los barrios controlados por las comunidades italianas, se produjo una reacción en las autoridades norteamericanas que no estaban acostumbradas a luchar contra organizaciones criminales como la Mafia. Bajo una ley aprobada por el Congreso se estableció una cuota de entrada de 3.845 inmigrantes italianos por año, pero el mal estaba ya enraizado en la sociedad norteamericana. Los antepasados sicilianos de mafiosos como Profacci, Bonnano, Ormento, Gambino, Lucania, Costello o Gigante lucharon contra los austriacos, españoles o franceses, aterrorizaron a recaudadores de impuestos y asesinaron a agentes de la ley. Un código de conducta fue poco a poco impuesto entre los “soldados” de la Mafia: la omertá, o lo que es lo mismo “la ley de silencio”.
En 1920 Cesare Mori, prefecto de policía en Sicilia, posiblemente el hombre que mejor conocía a la Mafia redactó un informe titulado Cruzando Espadas con la Mafia en el que describe –“La Mafia gobernaba casi todos los sectores de la sociedad. Tenía sus jefes y sus suplentes. Dictaba órdenes y decretos en las grandes ciudades y en los pequeños pueblos, en las fábricas y en los campos. Regulaba los arrendamientos rústicos y urbanos, podía intervenir en casi todos los negocios, imponiendo su voluntad por el terror o la amenaza, así como el castigo dictado por los jefes reconocidos de la Mafia. Sus órdenes eran prácticamente leyes. Terratenientes y comerciantes consideraban que valía la pena asegurar sus personas, propiedades y trabajadores, pagando tributo a la Mafia. La seguridad adquirida con este seguro era mucho más grande que la que pudiera garantizar ninguna fuerza policial o Estado. Era más seguro, por ejemplo, para el viajero tener dos miembros de la Mafia como escolta que a dos o más policías”.
En el mismo informe, Mori afirma, -“Con frecuencia me han preguntado que signos de reconocimiento usan los mafiosos entre ellos, de que forma son designadas sus jerarquías, la redacción de sus leyes, sus métodos de administración y control o la recolección de fondos. En realidad, por sorprendente que parezca, nada de esto existe. La Mafia es tanto una filosofía como una sociedad. Es una curiosa afinidad mental que une esencialmente a los mafiosos y hace de ellos una casta. No tiene ningún signo de reconocimiento, ni lo necesitan. Los mafiosos se reconocen entre ellos, por su modo de hablar. No tienen leyes, la ley de la omertá basta. No hay elecciones, el Padrino brota por autodesignación o por imposición. No hay reglas de admisión, cuando un miembro en potencia posee las cualidades deseadas, es sencillamente absorbido. Cuando estas cualidades ya no satisfacen, es expulsado o por asesinato o por retiro obligatorio”.
Existían en Cosa Nostra cinco mandamientos capitales y que aún en el siglo XXI siguen vigentes entre los miembros de la Mafia.
Un hombre hecho debe acudir siempre en auxilio de un hermano con todos los medios de que disponga, incluso a riesgo de su vida o sus propiedades; un hombre hecho debe obedecer las ordenes de un consejo de hermanos más antiguos que él sin cuestionarlas nunca; un hombre hecho debe considerar una ofensa hecha por un no miembro de Cosa Nostra a un hermano como hecha personalmente contra él y el resto de hermanos de Cosa Nostra y éste debe estar dispuesto a vengarla a toda costa; un hombre hecho no debe jamás acudir a la policía, los tribunales de justicia o cualquier otra autoridad gubernamental en demanda de ayuda; y un hombre hecho, ni bajo el dolor o la muerte, debe nunca reconocer la existencia de Cosa Nostra, discutir sus actividades o revelar el nombre de otro miembro de Cosa Nostra.
Curiosamente durante años, organizaciones policiales como el FBI, negaron la existencia de una Mafia, en el mayor sentido de la palabra, es decir, como una organización criminal, perfectamente jerarquizada y organizada. Incluso informes federales fechados en los años cuarenta y cincuenta que he leído y utilizado para la redacción de este libro, niegan la existencia de una organización criminal de origen italiano.
Los ciudadanos norteamericanos y en especial sus medios de comunicación, hablaban de bandas criminales italianas, pero sin una conexión concreta entre ellas, sin un fin común, hasta que en 1963 el testimonio del mafioso Joseph Valachi abrió los ojos a todos.
Valachi había sido un hombre de acción durante los años veinte para la organización de Salvatore Maranzano, hasta que cuarenta y tres años después, recibió el llamado Beso de la muerte, o lo que es lo mismo, la orden de su ejecución por parte del padrino Vito Genovese. Valachi para vengarse se convirtió en informador y relató en una audiencia televisada ante un Comité de Investigaciones Especiales del Senado, su experiencia en Cosa Nostra a las ordenes de Lucky Luciano, Meyer Lansky, Moe Dalitz o Vito Genovese. El testimonio de Valachi puso al descubierto casi medio siglo de historia de la Mafia y ayudó a identificar a 317 miembros relevantes de Cosa Nostra.
“Se les detenía y se limitaban a saludarte, inclinarse ante ti y preguntarte cómo estabas tú y tu familia. Eran gente desconcertante”- me dijo Gerald Shur, fundador del Programa Federal de Protección de Testigos (WITSEC), en su casa de Nueva Jersey y el agente federal que recibió la primera llamada de Joseph Valachi para convertirse en informador.
Este libro intenta cubrir un periodo extenso dentro de Cosa Nostra, exactamente desde 1895 a 2000, desde Giuseppe Batistta Balsamo, primer gran Padrino de la organización La Mano Negra, a John Gotti, Padrino de la familia Gambino.
Para ello he escogido, con los sabios consejos de Gerald Shur, y de Oliver Revell, agente federal durante treinta años y jefe de la Unidad Especial del FBI contra el Crimen Organizado, eventos y personajes importantes que cubrían un siglo en la historia de Cosa Nostra entre las más de 14.300 páginas de documentos desclasificados del FBI que he utilizado para la redacción de este libro.
Por mis manos han pasado los informes redactados por agentes federales sobre Al Capone, Vito Genovese, Tony Accardo, Frank Costello, Carlo Gambino, Paul Castellano, Lucky Luciano o Meyer Lansky y de acontecimientos como la Matanza del Día de San Valentín, los Orígenes de la Mafia, la Cumbre de Apalachin o los asesinatos de Paul Castellano y Albert Anastasia. Los lectores de este libro podrán pensar que parte de su contenido es una novela de ficción, pero todos los acontecimientos que se relatan están basados en hechos reales sacados de documentos de agencias federales como el FBI, la Oficina Federal de Narcóticos, el Servicio Secreto, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, el Programa Federal de Protección de Testigos, la Unidad Especial contra el Crimen Organizado o los departamentos de policía de las ciudades de Nueva York, Chicago, Los Ángeles o Las Vegas.
La Mafia, la Cosa Nostra, el Sindicato, el Crimen Organizado, la Hermandad, la Unión, la Oficina (la mafia de Nueva Inglaterra), el Equipo (la mafia de Chicago), el Brazo (la mafia de Buffalo), la Combinación (la mafia de Cleveland) o como quiera denominarse, es real. Los personajes y las acciones que en Mafia S.A. 100 años de Cosa Nostra se relatan, también lo son.
Eric Frattini
Nueva York, febrero 2002