LOS SECRETOS DE DIOS
Dios es el "absolutamente Otro", dicen los fenomenólogos de la religión. Es decir, el Misterio absoluto, que apenas cabe en categorías humanas. El catolicismo se asienta en el Misterio. Porque lo místico atraviesa los fundamentos de cualquier religión. Y también de la católica. Más aún, durante siglos, la Iglesia jerárquica cultivó con profusión el misterio a todos los niveles. Porque el misterio protege, aísla, separa, mantiene en otra órbita. Durante siglos, los clérigos (de toda clase y condición) eran los únicos intermediarios entre los simples mortales y Dios. Los únicos que podían acercarse a la "zarza ardiendo". Todo era misterio. Desde la lengua con la que sólo los iniciados podían dirigirse al Altísimo hasta las ceremonias litúrgicas. Desde los hábitos y las sotanas que apartan y segregan hasta el halo misterioso que envuelve templos, ermitas, conventos y monasterios. Y al Misterio de los Misterios hay que protegerlo con el mayor de los secretos. Desde las fórmulas ininteligibles para los simples mortales y ritos musitados con medias palabras hasta el secreto de confesión. Y es que, rodeado de secreto el Misterio es más Misterio y los intermediarios entre el Misterio y los mortales cobran mayor protagonismo. Sólo los iniciados pueden "ver" a Dios.
La Iglesia primitiva, comunidad de hermanos en la que "todo es de todos" (primeros comunistas de la Historia), deja de ser modelo de fraternidad y transparencia, cuando pasa de ser una Iglesia minoritaria y perseguida de convencidos que se jugaban la piel (mártires de las persecuciones) a una Iglesia que, en la época de Constantino, pasa a ser masiva y copia para su estructuración el modelo jerárquico del imperio romano. Es el paso del círculo (todos iguales y hermanos, donde el que preside es un servidor) a la pirámide: los pastores mandan y las "ovejas" obedecen y el que manda es un señor. Del servidor de servidores al señor de los señores.
Desde entonces, con mínimas variaciones, la Iglesia es por su propia constitución jurídica una institución piramidal, jerarquizada. Con una cabeza, el Papa, que detenta un poder más absoluto que el del Rey más absolutista. Como dice el célebre teólogo Hans Küng, el "Papa es el último monarca absoluto". Lo puede todo y, una vez elegido, no está sometido a nadie. Sólo a la autoridad de su conciencia y a la autoridad suprema (y un tanto lejana) de Dios.
Aún después de haber pasado por el "tamiz" del Concilio Vaticano II (1962-65), que intentó "aggiornar" y poner al día a la Iglesia, al tiempo que abría sus ventanas para que entrase el aire fresco del Espíritu y arrastrase anacronismos y el polvo rancio de los siglos acumulado en el corazón de Roma, la Iglesia católica como institución sigue siendo una organización sumamente piramidal en la práctica. En la teoría, tras el Concilio, se habla de corresponsabilidad y de Iglesia-comunión o Iglesia-pueblo de Dios. Pero en la práctica sigue primando la Iglesia jerárquica y clerical por encima de la laical.
Como cualquier institución piramidal, el funcionamiento de la Iglesia se basa en una serie de principios básicos, que estructuran y definen su naturaleza opaca y misteriosa. Por ejemplo, la Iglesia se basa en una cadena de mando sumamente jerarquizada. Con un escalafón absolutamente rígido. Con escalones muy marcados: desde el diácono al sacerdote, pasando por el arcipreste, el canónigo, el curial, el delegado, el obispo, el arzobispo, el cardenal y el Papa. Y dentro de cada escalafón hay diversas categorías. No es lo mismo ser canónigo lectoral que deán de la catedral. No es lo mismo ser obispo de una diócesis de entrada (como Soria, Teruel, Tarazona o Guadix) que de otra de ascenso (como Tuy-Vigo, Orense, Bilbao, Málaga) o de término (como las sedes arzobispales: Madrid, Barcelona, Sevilla, Toledo, Santiago...).
Al igual que en el Ejército, también en la Iglesia funciona la "obediencia ciega". El superior siempre tiene razón, entre otras cosas porque está investido de un poder sagrado y divino. Ungido por el dedo de Dios, el obispo tiene la "plenitud" del sacramento del orden y es "padre, pastor y maestro", con plenos poderes en su diócesis y sólo sometido al Papa. A él le deben los sacerdotes obediencia ciega y sumo respeto, lo cual se traduce, en numerosas ocasiones, en adulación e incienso a raudales. Rodeado siempre de botafumeiro y de un círculo de estrechos cortesanos, muchos obispos pierden contacto con la realidad de la vida pastoral de la diócesis. De hecho, son las curias diocesanas las que dirigen y gobiernan realmente algunas de las diócesis españolas. Unas por delegación expresa del obispo y otras, porque tienen su voluntad secuestrada. Pero de todo esto los fieles no se enteran. El secreto funciona a todos los niveles. Desde las simples parroquias, a las curias diocesanas. ¿Qué saben los laicos de lo que realmente pasa en su parroquia (a pesar del Consejo pastoral que funciona o debería funcionar en todas las parroquias, integrado por laicos)? Lo que el cura quiere que sepa.
Por otra parte, el secretismo cobra fuerza de naturaleza y se convierte en una palanca extraordinaria de poder porque se asocia a lo sagrado. Todo lo que es secreto es también sagrado. El secreto está presente en todos los niveles de la estructura eclesial para preservar el poder de la jerarquía. Y casi siempre revestido de sacralidad.
Veamos algunos ejemplos. La información que pide o que proporciona el Papa, la Curia, las nunciaturas o los obispados está sujeta al "sub-secreto pontificio". Es decir, que todos los que trabajan para la Iglesia en sus diferentes cargos (desde la Curia central a las curias diocesanas) juran guardar estricto secreto de todo lo que allí pase. Al que quebranta esta ley del silencio se le imponen severas "penas canónicas", amén de que comete "pecado grave", es decir pecado mortal.
Por ejemplo, la petición de informes que hace el Nuncio a cualquier eclesiástico en orden a un eventual nombramiento episcopal está sujeta al secreto pontificio. De hecho, el impreso lleva el escudo de la Nunciatura española, un número de orden con seis dígitos y un encabezamiento donde se lee «Sub secreto pontificio». El documento en cuestión es el supersecreto examen con el que se califica a los aspirantes a obispo. «El reverendo X... ha sido propuesto a la Santa Sede para la función de obispo», reza la introducción. «Le agradecería que tenga a bien responder, de la manera más completa posible, al siguiente cuestionario sobre su persona. Esta consulta quedará para siempre bajo secreto pontificio, que obliga a observar la mayor reserva so pena de pecado mortal. Con el fin de proteger este secreto, le pido que una el presente cuestionario a su respuesta, sin guardar copia alguna». Firmado Mons. Manuel Monteiro de Castro, Nuncio Apostólico.
Dividido en 13 apartados, este informe aborda cuestiones tan íntimas como las «discapacidades físicas y síntomas de enfermedades hereditarias» de los aspirantes a la mitra. Inquiere por la «fe (sic), esperanza y amor», las tres virtudes teologales, por la «obediencia, humildad y piedad» y hasta por sus posiciones ante «el sacerdocio de la mujer, la ética sexual y el celibato sacerdotal».
Sólo algunas organizaciones como la Iglesia pueden formular estas preguntas sin atentar contra el derecho a la intimidad o al honor.«Siempre que el cuestionario no se utilice para otra cosa o no se difunda, no hay invasión ilegítima de la intimidad. El procedimiento entra dentro del nivel de autonomía que el artículo 6.1 de la Ley orgánica de Libertad religiosa concede a las confesiones religiosas», explica el catedrático de Derecho Eclesiástico de la Complutense y ex director general de Asuntos Religiosos, Dionisio Llamazares. El cuestionario es remitido por la nunciatura española a media docena de personas de la diócesis que se quiere proveer de obispo y que conocen perfectamente al candidato. Normalmente a clérigos, frailes o monjas, aunque también a algún laico muy comprometido. Si los informes son inmaculadamente favorables, el candidato entra a formar parte de una terna que el Nuncio envía a Roma, donde deberán contar con el plácet del cardenal Rouco Varela. Si no, las ternas son desechadas en la Congregación vaticana de obispos, que preside su amigo, el cardenal Giovanni Battista Re.
En teoría, cualquier clérigo puede ser obispo, pero sólo unos cuantos llegan. Todos bien preparados, de edad provecta (más de 50 años), miembros de las curias diocesanas o canónigos, de doctrina segura y con buenos amigos en la elite episcopal española y en la Curia romana. Algunos cardenales y arzobispos en activo tienen el poder de elegir o imponer a sus obispos auxiliares. En ocasiones es el Nuncio, Monteiro de Castro, el que hace honor a sus atribuciones, sobre todo para cubrir las vacantes de diócesis pequeñas.
En esos casos, el embajador papal envía una carta a sus informantes: «Muy estimado en el Señor: En orden a la provisión de la diócesis de..., mucho le agradecería si tuviera a bien escribir, en el reverso de esta misma hoja, los nombres de posibles candidatos con los que se pueda elaborar una terna para el ministerio episcopal en dicha diócesis, indicando las razones que motivan su presentación».Firmado: Mons. Manuel Monteiro de Castro. Nuncio Apostólico.
El secreto está presente también en la liturgia. Hay hasta una oración secreta, que el sacerdote decía en voz baja durante la misa, inmediatamente antes del prefacio y del sanctus que, ahora, recibe el nombre de "oración sobre las ofrendas". Y, como es lógico, el secreto está omnipresente en algunos sacramentos, como en el de la confesión.
Todos los sacerdotes están obligados, bajo pena de excomunión, a no revelar nada de los que el penitente le ha confesado en el sacramento de la penitencia. Está todo tan atado y bien atado en este sacramento y tan sometido al control jerárquico que se establecen incluso los llamados "pecados reservados"...
Pero el culmen del secretismo y de la opacidad informativa se encuentra lógicamente en el Vaticano. El sancta sanctorum del poder eclesial celosamente custodiado por un espeso muro de silencio. Hasta hace unos años, un lugar prácticamente impenetrable para el común de los mortales. Desde la reforma de la Curia realizada por Pablo VI se consiguió cierta transparencia, al menos de cara a la galería. Transparencia forzada por la dinámica de los modernos medios de comunicación. Por ejemplo, hasta este pontificado no se sabía que el Papa estaba enfermo hasta unas horas antes de su muerte. A Juan Pablo II, en cambio, lo vimos varias veces incluso en su cama del hospital Gemelli de Roma y estamos asistiendo a su creciente deterioro físico (algunos hablan de agonía) en vivo y en directo.
Pero los grandes resortes del poder papal y curial siguen siendo secretos. Secretos son los apartamentos pontificios y todo lo relacionado con él. Allí mandan su secretario personal, monseñor Estanislao Dziwisz y cuatro monjitas polacas, capitaneadas por Sor Tobiana. De mediana estatura, blanquita, con los ojos claros, muy eslava y siempre embutida en su hábito negro con toca blanca y tejadillo. Es la mujer que más cerca está del Papa, al que lleva cuidando desde hace más de 30 años. Se llama sor Tobiana y es la superiora de la comunidad de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús. Ella y las otras cuatro hermanas polacas son los ángeles de la guarda de Su Santidad. El especialísimo servicio doméstico de Juan Pablo II. Las únicas mujeres que comparten casa con el vicario de Cristo. Las que lo saben todo del Papa y no cuentan nada. Las monjas polacas del Papa nunca salen en los medios de comunicación. Ni siquiera sor Tobiana. Es tan tímida, tan discreta y pasa tan desapercibida que, en Roma, la llaman la aparición. Porque está en todo, pero viene y va sin que apenas se note su presencia. Otros la comparan en la ciudad eterna con sor Pascualina, la célebre monja que cuidó toda la vida a Pío XII. «Pero en buena. Sor Pascualina parecía un sargento y ejercía como tal. Sor Tobiana es la encarnación de la eficacia, callada y silenciosa. Es como el ángel guardián del Papa y, como si fuera realmente un espíritu, su presencia es imprescindible pero apenas se nota», explica un monseñor de la curia.
Tampoco se sabe nada oficialmente sobre los "negros" del Papa, es decir los que le escriben encíclicas, cartas apostólicas y discursos. Y eso que Juan Pablo II ha sido uno de los Papas más escribidores de la Historia. A pesar del mutismo oficial, con el paso de los años se ha filtrado que dos de sus "negros" han sido el profesor polaco Styzen y el arzobispo de Milán y uno de los papables con más probabilidades de suceder al Papa actual, Dionigi Tetttamanzi.
Y si a pesar de ser el Papa más mediático de todos los tiempos, Juan Pablo II sigue cultivando el misterio y el secreto, la Curia que lo rodea todavía más. En la sala de máquinas del Gobierno de la Iglesia no hay quien entre. Y los misterios sin resolver florecen como hongos. Nada se sabe de las cuentas del Instituto para las Obras de Religión (IOR), el otrora famoso banco del Vaticano, envuelto en el caso Calvi-Ambrosiano, con el célebre monseñor Marcinckus al frente. Sigue sin esclarecerse el misterio de la muerte de Juan Pablo I, el caso Orlandis (la hija de un funcionario vaticano desaparecida y de la que nunca se ha vuelto a saber nada) o el crimen de la Guardia Suiza con un triple asesinato sin resolver.
El Archivo Secreto del Vaticano sigue siendo secreto. Paulo V, el Papa que encargó la fachada de San Pedro a Maderno, creó en 1611 el Archivo Secreto, que conserva documentos procedentes de todo el mundo desde el siglo XII. Está sólo al servicio del Papa y de su Curia. Ultimamente se han desclasificado algunos documentos, pero sólo hasta 1939. Y no todos.
A través de las Nunciaturas, embajadas del Papa en casi todos los países del mundo, Roma obtiene un caudal de información privilegiado. Hay que tener en cuenta que la Iglesia católica cuenta con una tupida red de informantes (desde curas a frailes y monjas o simples fieles) extendida por todo el mundo e implantada en todos los lugares. Desde la selva amazónica a la sede de la ONU. Todo ese ingente flujo informativo, de primera calidad, es canalizado en secreto por la Secretaría de Estado del Vaticano. Los Nuncios papales envían continuamente informes a Roma y todos los obispos del mundo están obligados a enviar a Roma un informe amplio sobre todo lo que pasa en sus diócesis cada año, amén de rendir personalmente cuentas a Roma cada cinco años en las llamadas "visitas ad limina". Mayor caudal informativo, imposible.
La Curia con sus diferentes dicasterios, especie de ministerios del Papa, produce una ingente cantidad de informes supersecretos. Muchos de ellos estampillados con el "sub secreto pontificio". Por ejemplo, siguen siendo absolutamente secretos los informes sobre la reducción al estado laical de sacerdotes y frailes. Siguen siendo secretos los informes sobre los curas pederastas. Tanto es así que un periódico estadounidense descifró, hace un mes, un documento confidencial, redactado por las altas esferas vaticanas en los años 60, en el que se describe la política de silencio seguida por la Iglesia católica ante los casos de abusos sexuales cometidos por los sacerdotes en todo el mundo. El documento, escrito en 1962 por Alfredo Ottaviani, el entonces Presidente del Santo Oficio, prescribe la excomunión para aquellos que hagan públicos dichos delitos. Y secretos siguen siendo los numerosos informes que el Vaticano tiene en sus manos sobre la violación de monjas africanas a manos fundamentalmente de sacerdotes nativos.
En secreto sigue manteniendo el Vaticano la ingente cantidad de obras de arte y tesoros que almacena en sus sótanos, por falta de espacio para poder exponerlos al público en sus numerosos museos. Más de las tres cuartas partes de los tesoros vaticanos están guardados bajo llave: obras de arte, incunables, manuscristos, joyas de la orfebrería de todo el mundo, piezas únicas procedentes de todos los países del mundo, cálices, patenas, copones, custodias, estatuas, cuadros, objetos de oro, plata y marfil...
Secretas siguen siendo, como muy bien explica el autor de "Secretos vaticanos", las deliberaciones y las votaciones del cónclave. Y secreto sigue siendo el funcionamiento de las más importantes organizaciones eclesiásticas. Por ejemplo, es notorio el secretismo y la falta de transparencia de los movimientos neoconservadores, punta de lanza de la nueva evangelización papal, con enorme poder en la Curia y en la Iglesia. Especialmente, el Opus Dei, al que muchos califican como una "Iglesia dentro de la Iglesia" y del que casi todos lamentan su secretismo. "La Obra es una de las organizaciones más reaccionarias y secretistas de la Iglesia. Y no es nada bueno que una organización secreta tenga tanto poder e influencia en la Iglesia", denuncia Hans Küng, uno de los mejores teólogos católicos de las últimas décadas.
En definitiva, el Vaticano ha sido, es y seguirá siendo el reino del secreto sagrado o del sagrado secreto, que tanto monta. El reino también de un papado que, en su recta final, incrementa el secretismo. El reino del papado de Juan Pablo II, que presenta marcados claroscuros.
Balance provisional de un pontificado histórico "Este Papa no sabe teología", dijo el cardenal Ratzinger en una de sus habituales indiscreciones, a poco de conocer a Juan Pablo II. Quizás por eso, el Papa llamó a Roma al eminente teólogo alemán para convertirlo en su mano derecha teológica y en el "guardián de la ortodoxia" católica. A pesar de no saber teología, este ha sido uno de los pontificados más prolíficos doctrinalmente. Con 14 pronunciamientos papales solemnes en otras tantas encíclicas, el Catecismo de la Iglesia e infinidad de discursos, cartas apostólicas, mensajes y alocuciones de todo tipo. El Papa Wojtyla ha impartido tanta doctrina, ha hablado y escrito tanto que mucha gente de Iglesia espera que el próximo sea un papado casi silente.
Mucho y de todo. Desde la fe y el magisterio hasta la colegialidad, la liturgia, el sacerdocio, el papel de la mujer en la Iglesia, el ecumenismo, la doctrina social, la ancianidad, la procreación...No hay palabra en el diccionario a la que no se haya referido Juan Pablo II en los 25 años de su locuaz pontificado. Pero con claras incidencias y notables subrayados.
Teológicamente hablando, Wojtyla es un Papa muy conservador. De formación tomista, muy antropológica en su filosofía, centra su visión teológica en el misterio de la Cruz, no en el de la Pascua. Ve al hombre subyugado por el pecado y necesitado de la gracia de lo alto. En 1978, pertenecía, en efecto, a la minoría derrotada en el Concilio. Encuadrado en la derecha eclesial conciliar, el entonces cardenal Wojtyla consideraba que algunas de las constituciones conciliares, como la "Gaudium et Spes", eran textos demasiado sociológicos y optimistas. Otra prueba de su conservadurismo es que su tesis sobre la nueva evangelización fue derrotada en varios Sínodos durante el Pontificado de Pablo VI.
Pero una vez elegido Papa, su teología se puso al servicio de su ansiada nueva evangelización, entendida como proclamación de la Buena Noticia, orientación para la vida, aliento, alegría y esperanza. Una nueva recristianización del mundo, volviendo a las seguridades de siempre y frenando el desarrollo impulsivo del Vaticano II. Involución la llamaron muchos. Otros, regeneración. "Juan Pablo II se propuso la regeneración frente a un cristianismo que comenzaba a perder la confianza en sus posibilidades intrínsecas; que se resignaba a que la fe quedase como mero factor cultural, ético y estético, y a que la Iglesia se diluyese anónima entre los poderes de la sociedad sin aportación específica.
El se propuso devolver al pueblo cristiano sus certezas primordiales y la seguridad en su fe", explica el teólogo salmantino Olegario González de Cardedal. Una reconquista de la Europa secularizada para devolverla a sus raíces cristianas y de todo el mundo para Dios.
Un ambicioso programa que proclama ya en su primera gran encíclica, "Redemptor hominis". A su juicio, la Iglesia tiene la responsabilidad especial de devolver a la humanidad las verdades esenciales. Y al magisterio papal se le ha encomendado la tarea de cumplir esa misión. Para conseguir este gran objetivo, Juan Pablo II inaugura un estilo de pontificado deliberadamente personal e universal, al servicio de un doble proyecto: reafirmación de la identidad católica en el mundo e instauración de un "nuevo orden ético mundial". La Iglesia convertida en una agencia de promoción de valores. La Iglesia referencia que intenta proponer, e incluso imponer, con desigual fortuna, su código moral en la mayoría de los debates éticos y políticos.
Con unos principios éticos innegociables: la defensa de la vida (no al aborto, a la eutanasia, a la contracepción y a la investigación con embriones), asi como el rechazo a los matrimonios homosexuales y al reconocimiento de las parejas de hecho. ¿Resultado? Un auténtico cisma psicológico: ni las propias masas católicas siguen los postulados morales del Papa. Y es que, como señala el teólogo Joaquín Perea, presidente de la asociación "Iglesia Viva", "lo que ha producido el alejamiento de las posiciones papales y la pérdida de credibilidad de su magisterio ha sido el rechazo a tener en cuenta las condiciones psicosociales de las personas concretas y su trasfondo de una concepción de la naturaleza humana que ya no corresponde a la antropología contemporánea".
A la ganada fama de conservador en lo moral se ha venido superponiendo el latiguillo de "progresista en lo social". Y es verdad que Juan Pablo II condenó como nadie los abusos del capitalismo y los efectos perversos de las "estructuras de pecado" del neoliberalismo y del Dios mercado. Pero esta condena siempre se refirió as las prácticas, no a la lógica intrínseca del sistema, sin el más mínimo estímulo hacia las luchas de los movimientos sociales populares que reclaman justicia.
La estrategia de recristianización wojtyliana supone un aparato vaticano disciplinado, profundamente estable y centralizado, con una colegialidad más teórica que práctica, con unos obispos obedientes y dóciles, unas Iglesias locales convertidas casi en sucursales de Roma, un sistema reticular perfectamente establecido, unas estructuras de formación y de enseñanza sumisas, convertidas en correas de transmisión de la doctrina proclamada por este párroco itinerante del mundo que es el Papa, y unos teólogos seguros y controlados.
Todos los Papas han intentado controlar a la elite intelectual eclesial formada por los teólogos. Pero unos más y otros, menos. Durante el pontificado de Juan Pablo II el teólogo es considerado como un mero apologista que, subordinado al Papa y a los obispos, explica y defiende la enseñanza oficial. La teología católica ha de ser absolutamente "romana". Sin falsas apelaciones al pluralismo, que se tacha de relativismo. Y sin concesiones: o todo o nada. O conmigo o contra mí. Sólo se asocia a la toma de decisiones a los teólogos sumisos y dóciles que repiten las consignas de Roma. A los demás se les mira con recelo y se sospecha que tratan de erigirse en "magisterio paralelo".
Y las condenas a los teólogos díscolos salpican todo su pontificado. La lista de los "represaliados" es enorme. Entre ellos están Hans Küng, Congar, Chenu, Teilhard de Chardin, Schillebeeckx o Bernard Häring. En España, también hay todo un ramillete de teólogos "caídos": Juan Antonio Estrada, José María Castillo, Benjamín Forcano, Marciano Vidal, Juan José Tamayo o Xabier Pikaza. ¿Qué se pretende con tantas condenas y advertencias? "Ha intentado matar la libertad de la Teología", asegura, tajante, el teólogo gallego Andrés Torres Queiruga.
La Teología de la Liberación fue objeto de un especial ensañamiento. Nacida en Latinoamérica, su carácter contextual, la mediación del análisis sociológico, la mirada a los explotados y oprimidos, la crítica a la Iglesia aliada con los poderosos y opresores resultó peligrosa para el establisment eclesiástico. La cruzada contra ella, dirigida desde Roma por el mismísimo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, impuso el silencio a los padres de la corriente (Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff), les acusó de predicar un Evangelio político, de caer en el marxismo y de dirigirse cuesta abajo hacia el ateísmo. Juan Pablo II nunca comprendió a la Teología de la Liberación, porque había surgido de una experiencia vital de opresión bien distinta de la que él había vivido: los opresores se proclamaban cristianos.
La restauración católica del Papa Wojtyla afectó también al ecumenismo. Con gestos ecuménicos de gran resonancia externa, como los encuentros de oración de Asís, su visita a la mezquita de Damasco y al muro de las Lamentaciones, su acercamiento al Islam y su sueño de visitar Moscú. Pero, por otro lado, las disposiciones internas, la insistencia en la ortodoxia, en la Virgen, en el celibato y en otros temas condujeron al ecumenismo a un callejón sin salida. Por razones geopolíticas, el Papa llegado del Este apostó por el diálogo con la ortodoxia, hasta el punto que las Iglesias reformadas de Occidente se sintieron marginadas. Para desatascar el diálogo ecuménico, Juan Pablo II publicó la encíclica "Ut unum sint", en la que afirmaba que su ministerio esencial es actuar como "servus servorum Dei", pedía perdón por la responsabilidad del papado en el escándalo de la división e, incluso, admitía que hay que buscar entre todos una nueva forma de ejercer el primado de Pedro, en la actualidad el principal escollo para la unidad de los cristianos.
Juan Pablo II libró tres grandes batallas: por la libertad, por la verdad y por la cultura de la vida. Unos aseguran que ganó las tres y otros, que las perdió. Todo en él fue bifronte. Un Papa moderno y antimoderno a la vez, consciente del pluralismo de las culturas y de las religiones, del fenómeno de la secularización y del respeto por las conciencias y los derechos humanos, pero al mismo tiempo, inflexible en la defensa de la doctrina, del dogma, de la ética y de la tradición católicas. Fue del temple de los papas antimodernistas del siglo XIX y se le puede comparar con Pío IX, pero con los acentos modernos de León XIII y con un pontificado en blanco y negro.
Un pontificado al que, sin embargo, nadie puede negarle dos cosas: haber contribuido como pocos, con sus viajes, a devolver a la Iglesia un prestigio mundial que estaba perdiendo, y su generosidad hasta la muerte a su misión pastoral. Tampoco se le pueden negar otros logros: la clarificación de la propia Iglesia en el orden de la fe; la apertura hacia mundos lejanos; la entrada en mundos cerrados (Cuba, el Islam...); la vuelta a los orígenes comunes del monoteísmo en Occidente o la decisión de clarificar el ejercicio del propio pontificado. Un destino heroico marcado por la grandeza de su fe, la fortaleza del herido y del anciano, la firmeza del enfermo, que permanece fiel hasta el final, porque "Cristo tampoco se bajó de la cruz". Un destino, además, que contribuyó decisivamente a cambiar el mundo. Si éste es hoy distinto al de hace un cuarto de siglo se debe sin duda a este polaco que muchos consideran ya como la personalidad más decisiva en la historia de finales del siglo XX y principios del XXI.
El suyo es, sin duda, uno de los pontificados más influyentes e incatalogables de la historia. También sin duda el más polémico, personalista y autoritario. Con una influencia social sin precedentes. Con una autoridad moral única y contrastada. Con unas cualidades humanas indiscutibles. Con el sello evidente de un Papa mártir de la causa.
Su modelo es el obispo San Estanislao, patrón de Polonia, asesinado en un altar de Cracovia. A imagen y semejanza de su país, el más invadido y azotado del Este de Europa en los últimos siglos. Y quizás porque el mismo Papa sufrió desde su infancia el zarpazo de la muerte. Tendido en la cruz sobre el suelo le sorprendieron las vísperas de ser nombrado obispo y elegido Papa. Como aquella otra noche que marcó su vida, cuando encontró a su padre muerto en el hogar de Cracovia. Desde entonces y, pese a su intenso amor a Cristo, fue siempre un hombre sólo, que posiblemente pase a la historia como Juan Pablo II el Magno.
El párroco del mundo dejó el Gobierno de la Iglesia en manos de la Curia
De los diez dedos de la mano, Juan Pablo II ha usado nueve para predicar el Evangelio y uno para gobernar la Iglesia. Convertido en el párroco itinerante del mundo, el Papa Wojtyla dejó evidentemente la dirección de la maquinaria eclesial en manos de la potente Curia romana. Y la Curia siempre se aprovecha de las ventajas que se le conceden. Lo decía ya hace años el cardenal Lorscheider: "El control del Vaticano está en manos de la Curia romana y el Papa hace tiempo que no gobierna la Iglesia".
Gobierne más o menos, lo que sí hizo el Papa Wojtyla fue imprimir su sello personal a la Sede de Pedro. Con un estilo muy peculiar: moderno en las formas e involucionista en el fondo. Comenzó por suprimir el "nos" mayestático y a comportarse como cualquier líder político: besaba aeropuertos y niños, daba palmas, cantaba, se ponía sombreros típicos y jaleaba a los que le cantaban "Juan Pablo II te quiere todo el mundo". La imagen que proyectó durante muchos años fue la de un pastor populista, un hombre que se encontraba en casa con el pueblo sencillo.
Fue también el primer Papa en utilizar a fondo los medios de comunicación. Sabe que, apoyado en sus dotes de actor, "daba bien en televisión" y lo aprovechó para entrar en los hogares de todo el mundo y convertirse en uno de los iconos mediáticos de los tiempos actuales y para recorrer el mundo en unos viajes que "mojaron pero no empaparon", como dicen los críticos. En cierta ocasión, el propio Papa preguntó al cardenal Tucci, organizador de sus viajes: "Eminencia, ¿qué queda de mis visitas pastorales?" Y el cardenal jesuita le contestó con franqueza: "Poco, Santidad. La gente escucha al cantante pero no la canción".
Juan Pablo II utilizó a lo largo de su pontificado una doble estrategia. "Ad extra" fue el gran defensor de los derechos humanos, de la paz, de las minorías, de los pobres y marginados de este mundo. "Ad intra" no le tembló en absoluto la mano a la hora de condenar a los teólogos rebeldes o imponer la disciplina eclesiástica y la moral sexual más tradicional.
Su querencia conservadora le llevó también a gobernar echándose en manos de los movimientos más reaccionarios de la Iglesia: las huestes de la nueva evangelización. Desplazó del centro de gravedad de la Iglesia a las grandes congregaciones tradicionales, como los jesuitas, franciscanos o dominicos. Sus nuevas legiones fueron los movimientos neoconservaodres: Opus Dei, Comunión y Liberación, Legionarios de Cristo, Neocatecumenales o Focolares. Sobre todo la Obra, a la que colmó de favores, concedió una Prelatura personal, canonizó a su fundador y convirtió en uno de los polos de poder más importantes de Roma.
Otra palanca del pontificado restauracionista del Papa Wojtyla es su política de nombramientos episcopales. Impuso un nuevo modelo de obispos en el mundo: hombres más fieles que brillantes, más espiritualistas que encarnados, ortodoxos a rabiar y más bien grises. Con esta política cambió la faz de todos los episcopados del mundo, comenzando por los considerados más rebeldes, como el brasileño, el holandés o el español. Todo ello adobado con una concepción centralista, piramidal y exclusivamente papal del gobierno de la Iglesia, que no tuvo en cuenta en la práctica la colegialidad episcopal y las plataformas para ejercerla. Desactivado el Sínodo de los obispos, constreñidas en su autonomía y capacidad de decisión las Conferencias episcopales y marginadas las iglesias locales, el pontificado del Papa polaco se convirtió en un ejercicio centralista del primado, apoyado en una Curia convertida en aparato reaccionario al que temen los propios obispos. Eso sí, como todos los que delegan, de vez en cuando el Papa Wojtyla pega (o pegaba) un puñetazo encima de la mesa e imponía sus deseos al aparato curial.
Por ejemplo, en el caso de la petición de perdón por los pecados de la Iglesia. Un pontificado, pues, con sus luces y sus sombras, pero que seguramente pasará a la Historia del papado como uno de los más prolíficos, influyentes y espectaculares. El pontificado de un Papa superstar.
De este papado y del universo secreto del Vaticano encontrará el lector abundante información en la excelente obra de Eric Frattini. No es fácil escribir un libro así.
Expresar en pocas palabras lo que algunos cuentan en enormes e indigestos tratados sólo está al alcance de algunos periodistas privilegiados, de algunos periodistas de raza, como Eric. Por eso es capaz de conducir al lector de la mano a través de su especial "catecismo" de preguntas y respuestas hacia el mundo misterioso del Vaticano. Preguntas unas veces informativas, otras veces osadas, otras veces curiosas y casi siempre increíbles. De una forma amena, divertida, divulgativa y extraordinariamente didáctica. Un libro donde todo está condensado para los que ya saben mucho de esto. Un libro de cabecera para los que quieran asomarse por vez primera al universo misterioso del reino del Vaticano. Un libro para que los creyentes conozcan algo más el corazón de su institución. Y un libro para que los ateos, indiferentes o agnósticos puedan asomarse con garantías al universo mágico de una institución con dos mil años de existencia a sus espaldas y que detenta el mayor poder del mundo: el poder sobre las conciencias.
José Manuel Vidal
corresponsal religioso del diario El Mundo
director de religiondigital.com