Eric Frattini
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2006 INMENSO ESTRECHO II
Subtítulo
Cuentos sobre inmigración
Texto de Eric Frattini

EL VIAJE DE IGOR, UNA HISTORIA REAL

Era una tarde de invierno y como siempre sucede en Madrid las cuatro gotas caídas habían convertido el Paseo de la Castellana en un mar estancado de vehículos y conductores gesticulando y gritando algo contra alguien. Entre filas de coches, envueltos en el monumental atasco, puse la radio. No se bien el dial, ni la cadena que sintonicé, ni el nombre del presentador, pero ahí estaba. Desde las ondas me llegaba el sonido de una voz que tenía cierta dificultad en hablar castellano. Era Igor contando su historia, su vida, su experiencia. Minuto tras minuto Igor relataba con su difícil acento como llegó a nuestro país, huyendo de una crisis económica sin precedentes, huyendo de un futuro sin final, pero aquí en la tierra de esperanza un funcionario de turno le negaba los ‘papeles’ sin darle ninguna explicación: “al fin y al cabo él era un extranjero más y tal vez no se los merecería”. A decir verdad, no se si pasaron minutos o horas pero la historia de Igor terminó por envolverme.

Su nombre era Igor Kondrachev, había nacido en Kiev, la capital de la Ucrania soviética. Con el paso de los años Igor se había matriculado en la Universidad de Medicina de Kiev, carrera que alternaba con dos trabajos en un hospital público en donde realizaba tareas de celador y en una acería, en donde se dedicaba cada noche a barrer virutas de metal de un lado a otro de la factoría. Allí se protegía las manos con mimo, pensando que algún día podría ser cirujano y sus manos como las de los pianistas, lo son todo. Pero un acontecimiento iba a cambiar radicalmente la vida de Igor.

Entre los días 25 y 26 de diciembre de 1979, en tan sólo treinta y dos horas, cinco mil soldados soviéticos pertenecientes a la 103 División de Asalto Aéreo, en su mayoría turcomanos y uzbecos, fueron lanzados desde Antonov 12 y 22 sobre el aeropuerto de Kabul. Al mismo tiempo, en la madrugada del día 26 otros cincuenta mil soldados entraban en Afganistán a través del río Oxus en un largo convoy que se arrastraba por el paso de Salang. La Unión Soviética por orden del líder Leonidas Brezhnev acababa de invadir Afganistán. Las consecuencias fueron graves para los soviéticos. Un total de 55 países no asistieron a los Juegos Olímpicos de Moscú. Si la URSS por un momento pensó en que con el paso del tiempo se olvidaría su invasión de Afganistán, muy pronto comprobó que no iba a ser así. Mientras, la vida de Igor continuaba entre manifestaciones universitarias, el hospital y la acería.

Una tarde cuando regresaba a su casa, su madre le entregó una carta que acababa de recibir desde Moscú con membrete del Ministerio de Defensa de la Unión Soviética. Acababa de ser reclutado para el cuerpo médico militar adscrito a la 82 División blindada estacionada en un lugar llamado Herat. Igor era enviado a Afganistán.

Allí permanecería durante dos interminables años, cosiendo las tripas desparramadas de amigos suyos heridos en combate contra los muyahidín, amputando miembros por las explosiones de minas, o sencillamente reimplantando dedos amputados de soldados novatos y que los habían perdido al no saber tirar del seguro de su Kalashnikov. El joven estudiante idealista que había salido de Kiev regresaba ahora convertido en un anciano prematuro. “Traje de Afganistán conmigo treinta años más” decía Igor al locutor.

El 15 de febrero de 1989, la Unión Soviética ponía fin a su aventura afgana con la salida del teniente coronel Boris Gromov, el último soldado ruso en salir de Afganistán. Mientras tanto en Kiev, Igor ha perdido en las montañas afganas a siete de sus mejores amigos y a catorce compañeros de universidad. La vida para él ya no será igual. Finalmente, consigue terminar sus estudios y se marcha a trabajar como médico rural en las cercanías de Dnepropetrovsk, una zona con un millón y medio de habitantes o lo que es lo mismo, un médico cada cuatro mil habitantes. Allí intentando olvidar Afganistán se especializa en medicina general. Atiende a ancianos con golpes en la cabeza debido a caídas, a niños a los que dar puntos de sutura tras una batalla de piedras en una guerra contra un barrio vecino y hasta algún parto prematuro. Su sueldo entonces es de 60 € al mes.

En 1991, tras la caída de la Unión Soviética y el nacimiento de la Federación Rusa, la situación económica y política de la Ucrania independentista se agrava por momentos. Igor ha tomado la decisión de huir a un país mejor, a una vida mejor, en donde pueda seguir curando a la gente sin miedo a las desestabilizaciones políticas. Algunos amigos ucranianos le han hablado de España, un país en donde el sol brilla todo el año. “Descubrí que eso no era cierto cuando llegué a la madrileña estación de Chamartín un mes de noviembre” dice Igor. Pero el paraíso español iba a convertirse en un infierno, como del que había huido en su Ucrania natal. Repartidor de propaganda en el metro de Cuatro Caminos, descargador de cajas en el Mercado Central de Abastos, lavaplatos en un restaurante de Alcalá de Henares o peón de albañil eran los trabajos que podía encontrar este médico especialista.

“Tenía siempre miedo a salir a la calle por temor a que me detuviese la policía y al comprobar que era ilegal me deportase de nuevo a Ucrania” relataba Igor al locutor de la cadena de radio. Como cada mañana cogía el tren para llegar hasta la estación de Atocha y desde allí en autobús, poder llegar a tiempo a la obra en donde Igor cargaba y descargaba camiones con tubos de cobre para cañerías, desde las 8 de la mañana a las 8 de la tarde, con una media hora para ingerir un bocadillo y una lata de refresco. Tras el trabajo y mientras observaba como sus manos de cirujano iban llenándose de ampollas, regresaba al pequeño habitáculo que compartía con otros dos compatriotas en un barrio de Alcalá de Henares.

Durante meses, el largo trayecto hasta la estación de Atocha se convirtió en una sencilla rutina, menos aquel oscuro día de marzo. Como hacía todos los días, Igor esperó en el andén de Alcalá de Henares la llegada del tren de cercanías número C-1/21431. Cuando este se detuvo con un chirrido de frenos, Igor subió al primer vagón como hacía siempre. Al llegar a su destino, desde el primer vagón se podía acceder más rápidamente a la escalera central del andén que daba acceso a la calle. Con esto, pensaba Igor, ganaba unos minutos.

Ya en el interior del vagón, se sentó en los primeros asientos mientras leía un gratuito que había cogido en un mostrador. Miró su reloj. Eran las 6:48 de la mañana cuando desde la ventanilla cubierta de vaho, pudo divisar la cúpula de la estación de Atocha. Una metálica voz femenina indicaba a los pasajeros del C-1/21431 que estaban llegando a su destino y realmente para Igor era cierto.

El convoy entró lentamente en el andén. En el momento en el que el tren se detenía, una fuerte explosión removió el suelo bajo los pies de Igor. El fuerte olor acre que le penetró por la nariz entre el humo, le devolvió a sus años en la lejana Afganistán. Sabía que aquello era una bomba. Eran las 7:01 de la mañana. Entre gritos y en mitad del humo, la gente ensangrentada comenzó a correr víctima del pánico hacia las salidas más próximas. Al fondo, el vagón 4 había perdido todo el techo por la onda expansiva. Los hierros retorcidos se mezclaban con trozos de cuerpos. Igor se escondió bajo la escalera para evitar la avalancha de pánico.

Segundos después una segunda y tercera explosión volaban por los aires los vagones 5 y 6. Igor reaccionó y corrió hacia la cortina de humo en lugar de escapar de aquella trampa. En su carrera tropezó con alguien. Era José L. un vigilante jurado de servicio en Atocha y al que la segunda explosión le había arrancado la pierna izquierda de cuajo. Entre el humo, Igor le arrancó una pernera del pantalón y le aplicó un torniquete para detener la hemorragia de la femoral. Le acababa de salvar la vida a su primer herido. Una vez que estabilizó a José, siguió acercándose hacia los vagones destrozados por la explosión. Allí tendida, estaba Pilar, con el cuerpo lleno de metralla y con trozos de su pierna derecha colgando. Pilar tenía la cara llena de sangre y de sus oídos corrían pequeños hilillos de sangre, no podía oír ni ver quien era su salvador. El recién llegado le cogió la mano y tras ponerle su chaqueta bajo la cabeza, le aplicó un torniquete en el muñón de la pierna desaparecida. Igor acababa de salvar la vida a su segunda herida y así hasta veintidós. Minutos después, la llegada de las primeras unidades del 112 y de bomberos que llegaron a Atocha, hicieron el resto por las víctimas.

Al salir de la estación y cubierto con la sangre de los que acababa de salvar la vida, Igor se sentó en el bordillo de una acera y ahí se quedó durante cuatro interminables horas.

Con el paso de las horas se enteraría él y toda la nación, que un grupo islámico había atacado con bombas aquella mañana del 11 de marzo, cuatro trenes de cercanías y que habían provocado 192 muertos y más de 1.500 heridos. Un bocinazo tras de mí, me devolvió a la realidad del atasco en Madrid, mientras escuchaba como el locutor de la radio se despedía de Igor y del programa.

Igor no había resultado herido, así es que no tenía derecho a una indemnización; Igor no había perdido a ningún familiar aquella triste mañana así es que no tenía derecho a la nacionalidad española; Igor, no tenía derecho a recibir una simple tarjeta de residencia o una simple convalidación de su titulación de médico. Igor no tenía derechos.

El 1 de marzo de 2005, fui encargado por Antena 3 Televisión para preparar el especial aniversario del 11-M, que debía presentar Maria Teresa Campos. Junto a José Luís Hernando, decidí localizar a varios de los heridos en aquella tragedia y por supuesto, a Igor. A través de varios miembros de la comunidad ucraniana en Madrid conseguí localizar su número de móvil. Igor trabajaba en una obra en el PAU de Sanchinarro, cargando y descargando tubos de cobre para cañerías.

Fui a hablar con él y le convencí para que viniese a televisión a contar su historia. Según él, me dijo que no había hecho nada. “Solo hice el trabajo para el que me prepararon en la universidad” me dijo. Para mí, aquel hombre sin papeles, sin identidad, sin país, era un ciudadano ejemplar y al que me gustaría que mis propios hijos se parecieran en el futuro. Para mí, Igor no era un superhéroe de papel, no era un lejano héroe vestido de pantalón corto dando patadas a un balón en un campo de fútbol. Igor era un héroe real, de carne y hueso como usted o yo.

El día del programa y en la sala de invitados, presenté a Igor a varios de los invitados que habían sido heridos aquel 11-M o que habían perdido algún familiar. En un rincón, una mujer menuda, morena y con un gran espíritu, valor y optimismo y que había perdido su pierna derecha en el tren de Atocha veía la cara por vez primera del hombre que le había salvado la vida. Era Pilar, aquella joven que debido a la sangre y al humo no pudo reconocer al hombre que le salvó la vida aquella mañana del 11 de marzo. Los dos se fundieron en un fuerte abrazo, mientras Pilar no paraba de llorar y darle las gracias a Igor.

Capítulo Final: Tras contar su historia en el programa especial del 11-M, Igor recibió una notificación del Ministerio de Sanidad y del Ministerio de Educación, comunicándole que presentase sus papeles para serle convalidado su título de médico y que le iba a permitir ejercer en nuestro país.

Seguidamente el Ministerio del Interior y la Dirección General de la Policía, informaron a Igor que se le había concedido una tarjeta de residencia indefinida para permanecer en nuestro país y que le permitiría pedir la nacionalidad española unos meses después.

Durante la emisión del programa, la dirección de varios hospitales españoles llamó a la redacción para ofrecer trabajo como médico a Igor. Hoy trabaja como médico de medicina general en un hospital de Valencia.

También varias personas llamaron para ofrecer a Igor una casa donde vivir sin coste alguno. Incluso una señora le regaló una casa en una zona a las afueras de Valencia que es donde actualmente reside.

Las últimas noticias que tengo de él, es que conoció en el hospital, a una bella enfermera alicantina con la que piensa contraer matrimonio.

“Yo no quiero medallas. Yo no soy un héroe. Yo sólo soy un inmigrante sin tierra y sin país que hizo lo que tenía que hacer y para lo que me habían preparado. Salvar vidas” me dijo Igor cuando se despidió de mí. Antes de dejarle en un taxi se enteró por mí, que en el vagón en el que había viajado aquella mañana, una cuarta bomba no había explosionado. Este cuarto aparato sería desactivado por los TEDAX de la policía a las 9:59 de la mañana del 11-M. El viaje de Igor había tocado a su fin.